Dos jóvenes autistas comparten sus historias para denunciar las barreras económicas, sociales y culturales que aún persisten en el acceso a terapias y derechos. Vanesa y Valentín ponen en palabras la soledad y la burocracia que desgastan, pero también reivindican la fuerza de sus pasiones.
Redacción EL ARGENTINO
Vanesa comparte su historia con una sinceridad que interpela. Durante años caminó en soledad, sintiendo que el mundo hablaba un idioma que no lograba descifrar. Fue llamada tímida, intensa, rara. Pasó por un sistema de salud que la fragmentó en diagnósticos parciales, tratando síntomas aislados sin comprender su totalidad.
“Lo que hoy parece tan claro, para los profesionales fue invisible. Hoy denuncio que nuestros sistemas de salud no están preparados para vernos como seres integrales; solo saben fragmentarnos”, afirma.
Recibir el diagnóstico de autismo en la adultez no fue una etiqueta de enfermedad, sino la pieza que faltaba en el rompecabezas de su vida. “No soy una persona rota que necesita ser reparada; soy una persona con un sistema operativo diferente”, explica.
Vanesa denuncia también las barreras económicas y burocráticas que impiden acceder a terapias y apoyos: “Las leyes existen, pero quedan guardadas en un cajón. La impotencia de ir de un lado a otro buscando soluciones que nunca llegan nos agota antes de ayudarnos”.
Su voz se suma a la de tantas familias que conviven con condiciones diversas y que también necesitan contención. “Mi diagnóstico no me cambia, me explica. Me da permiso de ser amable conmigo misma, de usar auriculares si el ruido me aturde y de decir ‘no puedo’ sin sentir que he fallado”.
Valentín: juventud, trabajo y pasión por el folklore
El segundo testimonio llega de Valentín, un joven que recibió su diagnóstico de autismo y que hoy reivindica su derecho a habitar el mundo común.
Valentín participa activamente en un grupo de folklore con el que competirá en junio en la ciudad de Concordia. Va al gimnasio, y además forma parte del programa municipal de empleo con apoyo, trabajando en la empresa metalúrgica Herman.
Su vida cotidiana es prueba de que la inclusión es posible cuando existen oportunidades reales. “No queremos que nos aparten para protegernos; queremos que el mundo sea lo suficientemente accesible para que quepamos todos”, señala.
Valentín recuerda que la empatía no debe confundirse con segregación: “Nos ofrecen espacios apartados o condescendencia, cuando lo que reclamamos es nuestro derecho a participar y disfrutar de la vida en igualdad”.