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El techo de la familia De Angeli: la casa, la escuela, el trabajo y el templo

Se suele pensar que un ?techo? es un límite. Sin embargo, cuando se piensa en un ?techo? en sentido de hogar, escuela, trabajo y templo, hay que comprender que se trata de un horizonte sin límites, porque implica identidad y raíz. Sobre estos ?techos? dialogó EL ARGENTINO con Alfredo y Atilio De Angeli, acaso (más el primero que el segundo) los hombres que más atención y adhesión despertaron en el país durante las 21 jornadas de la protesta del campo.

Domingo, 6 de Abril de 2008, 0:00

Por 4

¿Cómo es la familia De Angeli? El interrogante se responde en el siguiente artículo, donde de manera necesaria se apela a la memoria de esos ?techos? que enseñaron a comprender desde la temprana infancia que en la vida hay cosas que no tienen precio.

La familia De Angeli es un hogar de trabajo y oración, de sacrificio y solidaridad. Es difícil encontrar el dato justo, la fecha precisa, el nombre exacto, porque como dicen ellos mismos: ?la familia es sagrada y la intimidad no se expone?.

No obstante, EL ARGENTINO dialogó con Alfredo y Atilio De Angeli (hermanos mellizos) en tres oportunidades para reconstruir la historia de un hogar que pese a la exposición por los 21 días de paro del campo, les gusta más el refugio de la mesa familiar.

Alfredo y Atilio nacieron el 16 de febrero de 1957, hijos de don Antonio Teodoro De Angeli (nacido en 1918 en María Grande y fallecido en 1996) y de doña Margarita Aurelia Moine (nacida en 1924).

El matrimonio tuvo diez hijos, siete varones y tres mujeres. Juan Augusto (62); Isabel Irene o Beba (60); Abel Antonio (59); Celia Margarita (56); Ermelinda María Lula (53); Alfredo Luis y Atilio Agustín (51); Hugo Argentino (49), Angel Hilario (48); y Aníbal Gregorio (43).

?De la escuela primaria puedo decir que es el único estudio que tengo?, confiesa Alfredo y sin hacer grandes esfuerzos nombra con orgullo a la Escuela N° 67 ?Semana de Mayo? de María Grande. Y Atilio acompaña: ?Lo que decía la Escuela, para nuestra casa era sagrado y mamá siempre nos inculcó el respeto sagrado, casi reverencial, para la señorita maestra?.

Alfredo recuerda a esas maestras: Milita Bidachea de Garay (maestra general), Corori Estebenet, Queca Taborda, Sara Perlaistein de Prémoli ?y la maestra de Música, Gualkiria Ganingani de Pollanás, con quien aprendimos las canciones patrias y el folklore que ya escuchábamos por radio en nuestra casa?.

Las imágenes se suceden, las anécdotas llegan a montones, y Alfredo se queda con la última: ?Estando ahora en la ruta, en plena pelea con el gobierno, suena el celular y del otro lado me hablaba la señorita Milita. Hacía años que no hablaba con ella. El sólo escucharla me emocionó. Era mi señorita maestra, la de las primeras letras?.

?Me dijo que estaba orgullosa de haber sido maestra de un alumno que estaba defendiendo el campo argentino, y creo que esas fueron mis primeras lágrimas en la ruta. Me retiré del grupo, me aparté de las cámaras, me arrinconé en la camioneta, y lloré como cuando era niño?.

 

Peteco Carabajal le pone poesía al sentimiento cuando canta: ?Las manos de mi madre / llegan al patio desde temprano / todo se vuelve fiesta / cuando ella vuela junto a los pájaros. / Junto a los pájaros que aman la vida / y la construyen con el trabajo / arde la leña, harina y barro / lo cotidiano se vuelve mágico?.

Los hermanos De Angeli no son ajenos a eso.

?En el campo, porque esa era la ocupación de mi padre, siempre hemos trabajado. Antes, en la época de la escuela primaria, era como un juego. Pero cuando terminé séptimo grado, mi padre me habló y comencé a trabajar en el surco?, recuerda con orgullo Alfredo.

?En casa se necesitaba un tractorista para juntar las bolsas de trigo. A los siete años, nosotros ya sabíamos manejar el tractor. Era un Fiat 780, de rígido embrague, que lo manejábamos entre los dos juntos, porque el pedal era duro?, referencia Alfredo aquellos años de iniciación.

?Pero el tractor que más cariño teníamos era un Fiat 481 R, color naranja, despintado?, acota Atilio.

Los recuerdos vuelven a habitar el diálogo. ?Mi padre estaba poco en casa por estas cosas del trabajo en el campo y la que llevaba adelante el hogar era mi madre. Ella organizaba todo, desde amasar el pan hasta el ordeñe de la vaca, que generalmente era una tarea de nuestras hermanas Beba, Celia y Lula?, dice Alfredo.

?Cuando la harina escaseaba, había que salir a pedir prestada una hogaza de pan al vecino?, agrega Atilio. ?Y se pedía prestado, porque a la próxima amasada, mamá era la que siempre se acordaba que había que devolver ese gesto. Y allá marchábamos nosotros, llevando el pan recién sacado del horno de barro. Ya de grande, cuando recordamos esos hechos, uno sabe que se trata de principios, de solidaridad, de saberse uno con el otro. De no estar solos, pese a las dificultades. Así enseñaba mamá?.

A diferencia de Alfredo, Atilio (que sí había repetido algunos grados), terminó la escuela junto a sus hermanas en el Colegio de la Congregación de las Hermanas Franciscanas de Gante, que está en Villa Urquiza, Departamento Paraná campaña.

?Era un internado, y había temporada que estábamos hasta seis meses sin ver a la familia. No se podía viajar y había que aguatárselas?, afirma Atilio que enseguida agrega: ?Cuando le hacíamos este reproche, mamá siempre nos decía: Es el precio que había que pagar para adelantar en la vida. Tampoco se equivocó en eso?; y se llama a silencio, como reverenciando desde el alma.

 

Años mozos

 

?A los 20 años mi padre nos puso al frente de una cuadrilla de cinco hombres mayores. Asumimos responsabilidades más grandes, aunque igualmente pese a ese ´cargo´, siempre un empleado mayor que nosotros nos daban retos y nos enseñaba, porque así había recomendado papá. Estar al frente de la cuadrilla no da derecho sino obligaciones y la primera es escuchar?.

A los quince años los hermanos De Angeli conocieron Gualeguaychú. ?El primer viaje fue en tractor, recorrimos casi 300 kilómetros, lo que implicó más de un día acompañando a las cosechadoras y haciendo campamento?. Alfredo en un tractor Fiat 780, y Atilio en un Hanomaq R 55.

?Nos gustó esta zona y su gente. No es que estábamos disconformes, pero el paisaje nos enamoró?. Así, en 1979 deciden radicarse en Gualeguaychú. Tenían 22 años y una vida todavía por construir.

?Conseguimos el primer predio para sembrar y en 1981 tuvimos, de manera independiente de papá, nuestra primera cosecha de sorgo. Con eso, compramos las primeras 50 hectáreas de campo de monte en María Grande?, confiesa Alfredo. No es un dato menor: después de una vida de trabajo, por primera vez, la familia De Angeli se hacía propietaria.

En 1987 Alfredo se casó con una maestra rural, que era de Concepción del Uruguay y con la cual tuvo tres hijos (Luis Agustín, de 19; Marcos Antonio, de 17; y Delfina, de nueve años).

?A mi mujer la conocí en la escuela de campo. Ella no sólo era maestra sino la más linda de la zona; y yo apenas un gringo con un puñado de semillas en el bolsillo. Pero como dice el dicho: Hombre sin coraje, no encuentra mujer bonita?.

?En 1991 compramos otras 140 hectáreas y después perdimos todo, junto con las maquinarias. Tuvimos que vender todo, y aún así no teníamos para pagar las deudas?, se lamenta Atilio.

De hecho, los diez años que van desde 1991 hasta el 2001, fueron los más bravos, especialmente 1999.

Un antecedente previo será clave: en 1987 los hermanos De Angeli ingresan a las filas de la Federación Agraria Argentina, en la filial de Gualeguaychú.

?Mi padre era dirigente ruralista, de la confederación. Era un hombre sociable y estaba siempre ayudando a los demás. El se encargaba de armar reuniones, de mostrarse siempre dispuesto a colaborar para que todos estuvieran unidos, de ayudarse entre los colonos?, lo define Alfredo.

Atilio agrega: ?Lo recuerdo siempre preocupado por los otros. Era de prestar las herramientas e incluso de mandar a uno de sus hijos para trabajar cuando el vecino no podía pagar empleados. En eso, nos parecemos y por eso tampoco fue casual el acercamiento a Federación Agraria?.

?Ya en esos años, veíamos que estos gobiernos le empezaban a sacar al campo desmedidamente, porque debían mantener un aparato de votos cautivos. El campo era un sector débil, pero generaba recursos más rápidos. Pero eso no era lo más importante. En esos años, ya veíamos también con más preocupación que estaban entregando el país, privatizando todas las empresas como las Junta Nacional de Granos, los ferrocarriles, las comunicaciones y estaban echando mano al Banco Nación, que debía ser una entidad para el desarrollo y no para hacer negocios con el sector privado. Además, con las cédulas hipotecarias del banco iban a quedar muchas miles y miles de hectáreas en manos privadas o multinacionales?, contextualiza Atilio.

?Y así como mamá nos enseñó a devolver la hogaza de pan o papá a tirar siempre parejo, en la Federación Agraria encontramos a nuestros hermanos de la vida que pensaban igual?, agrega Alfredo. ?Uno aparece más seguido en los medios, pero en la Federación Agraria somos todos iguales, y tal vez eso nos diferencia de otras organizaciones?.

 

?Mujer de oración?

 

Atilio recuerda que si bien su padre creía en Dios y siempre estaba agradecido, ?no era practicante. En cambio mi madre, sí. Ella es una mujer de oración?.

?Nuestros padres eran como todos los Padres, con mayúsculas. Ellos nunca discutieron delante de sus hijos. Y nos enseñaron que la mesa era sagrada, casi como un altar. Allí se estaba prohibido discutir por ningún tema, y menos por política y había que sentarse y hablar con respeto. Que a nadie se le vaya a escapar una maldición o un insulto, porque se estaba frente a la mesa. A veces había que esforzarse, porque en los años mozos era difícil contenerse?, reconoce Atilio.

?En Gualeguaychú tuvimos la suerte de conocer al padre Luis Jeannot Sueyro. Eran los años ´80 y él llegaba al campo en un Citroën, bastante destartalado. La gente lo esperaba una o dos horas antes, porque sabía que con el ´padrecito´ llegaba también una palabra que iba a dar paz y tranquilidad en el alma?, recuerda agradecido Atilio, que concluye: ?Cuando lo conocimos, fue como estar sentado en la mesa familiar de nuestra casa en María Grande?.

De nuevo al hablar del hogar los recuerdos vienen en tropilla. Se selecciona un ejemplar como muestra: ?Siempre fuimos de reunirnos en casa, toda la familia con sus amigos y vecinos. Por lo menos, son dos reuniones anuales, donde hay carneada, fabricación de embutidos, baile y diversión. Es una fiesta. Y como a toda fiesta tenía nombre: la llamamos ´A dos soles y una luna?.

?Y se llamaba a Dos soles y una luna, porque comenzaba el sábado bien temprano por la mañana, a la noche se hacía el baile y el domingo a la tarde se terminaba con el regreso de cada uno a sus casas. Eso sí, el sábado era para todo el mundo, y el domingo exclusivo para la intimidad familiar?.

?Uno no hace otra cosa que transmitir lo que aprendió en el hogar: que la dignidad no se negocia, que la lucha hay que hacerla entre todos, que es necesario respetarse y que siempre hay que escuchar al otro?, referencia Alfredo y pide que se aclare ?que no se trata de un consejo sino de una enseñanza?.

Ya lo saben los biógrafos: una vida humana es imposible de contar, porque es inasible. Pero esta es, a grandes rasgos, la vida de estos hombres que llegaron a Gualeguaychú por primera vez recorriendo 300 kilómetros en un tractor para trabajar y dialogar con la tierra y comprometerse con la semilla. Hace unos días, arriba de una ruta, fueron llevados en andas y aclamados por una comunidad que protagonizó la mayor protesta de la era K.

Ya lo anticipó alguna vez Eladia Blázquez: ?Merecer la vida no es callar ni consentir / tantas injusticias repetidas. / Es una virtud, es dignidad. / Y es la actitud de identidad / más definida / (?) / Merecer la vida es erguirse vertical / más allá del mal, de las caídas. / Es igual que darle a la verdad / y a nuestra propia libertad / la bienvenida?.

 

Por Nahuel Maciel y

Beltrán Heidenreich

© EL ARGENTINO, 2008

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