Por Sandra Insaurralde
En los manuales de las economías modernas, la "economía circular" se suele presentar como una sofisticada tendencia de consumo responsable, un eslabón clave en la lucha contra la huella de carbono y el desperdicio textil.
En el contexto actual, el concepto adquiere un sentido de urgencia, se ha transformado en una herramienta de la economía de subsistencia. Ante la caída del poder adquisitivo, el circuito de la ropa usada dejó de ser una alternativa de moda sustentable para transformarse en el andamiaje financiero que sostiene a muchas instituciones.
Tres causas, un mismo perchero solidario
La necesidad de generar recursos a través de ferias de ropa no es un fenómeno nuevo, pero su agudización marca el pulso de la época. En Gualeguaychú, tres organizaciones con misiones completamente distintas confluyen en la misma estrategia: “el perchero solidario” o “el mercado de la ropa usada”.
Para el proyecto de La Cigarra, perteneciente a la Iglesia Evangélica del Río de la Plata, la feria nació hace más de una década. La licenciada Norma Hermann, parte del equipo de coordinación, recordó el punto de partida: "La feria surgió como una propuesta de los talleristas, más o menos en el 2012. Con el paso del tiempo, se fue sumando más gente de la propia comunidad. Actualmente, somos una feria que tiene diez años y desde hace tres se realiza en la segunda semana de cada mes par, la hacemos aproximadamente seis veces al año".
Con otros objetivos, pero con la misma urgencia financiera, se encuentra la Liga Argentina de Lucha Contra el Cáncer (Lalcec), una institución que suma 62 años de trayectoria en la ciudad. Allí, la feria americana fue una visión pionera. Elsa Villar, miembro de la comisión directiva, recordó: "Alrededor del año 2000, quien presidía Lalcec era la señora Marta MacDougall, que fundó la feria hace alrededor de 25 años con el objetivo de ayudar a los pacientes oncológicos, a quienes se les compraba mercadería para que tuvieran una buena alimentación y muchas veces también se ayudaba a comprar remedios".
Por su parte, el refugio para perros La Casita encontró en las ferias una respuesta a los problemas que trae el envejecimiento de su población rescatada. Carmen Colombo, coordinadora del espacio, relató cómo las herramientas tradicionales de recaudación quedaron obsoletas ante la inflación: "El origen de la feria se dio porque necesitábamos cubrir todos los gastos del refugio. En principio, cuando teníamos los perros un poquito más jóvenes, no teníamos tanta demanda de gastos y de estudios veterinarios. Con el pasar de los años se nos fue complicando la compra de alimentos y medicación. El aporte de los padrinos no daba abasto, y con las ventas de pasteles y de cosas dulces que hacíamos tampoco llegábamos a cubrir todo. Entonces surgió lo de la feria".
La explosión del circuito
La proliferación de percheros en las veredas de Gualeguaychú es el reflejo de una realidad que golpea duro los bolsillos familiares. En este sentido, las tres entrevistadas coincidieron: la feria dejó de ser un evento excepcional para consolidarse como una opción de compra permanente para vecinos e instituciones.
"En lo personal pienso que el boom de las ferias es una respuesta a la crisis que se está viviendo", analizó Elsa Villar, desde Lalcec. "Hoy, hasta los jubilados hacen feria en sus propias puertas para afrontar la crisis. Antes éramos poquitas organizaciones, pero en la actualidad hay ferias por todos los barrios". Sin embargo, “en los últimos años registramos un aumento notable en la convocatoria, están llegando compradores de otras zonas, lo que nos obligó a abrir tres veces por semana".
En el proyecto La Cigarra, la percepción es similar. La demanda creció, el público se diversificó y los precios debieron mantenerse al mínimo absoluto. "En comparación con los últimos años, viene mucha más gente, pero se vende mucho más barato", explicó Norma Hermann. Y agregó: "viene gente de otros barrios a comprar, nosotros aprovechamos a intercambiar y, a su vez, compartimos experiencias".
Para el refugio de animales el termómetro económico muestra una faceta aún más compleja. "La situación económica impactó mucho en la diaria, porque a nivel comunidad está difícil. A veces se vende muy bien, otras no. Tratamos de hacer una o dos ferias por mes, pero en las últimas que hemos hecho las ventas bajaron y se juntó menos efectivo. Los precios son muy accesibles, pero la gente no tiene plata”, explicó Carmen Colombo.
Lejos de ser un mero intercambio comercial, las coordinadoras defendieron el sistema que sostienen. La circularidad textil genera un triple beneficio, dividiéndose entre quienes descartan, quienes gestionan y quienes consumen.
Hermann lo conceptualizó: "La feria no es solo un espacio para recaudar fondos. Nosotros entendemos que es parte de la economía circular, somos parte de un circuito económico en el que también se recicla. La feria ayuda al que dona porque, a veces, tienen los placares llenos de ropa, no saben qué hacer y acá tienen un lugar seguro donde llevarla. Nos ayuda a nosotros que somos los organizadores, pero también ayuda al que compra porque adquiere un producto de buena calidad a muy bajo costo". Además, remarcó el factor ambiental: "La industria textil es una de las industrias más contaminantes del planeta. Al volver a utilizar la ropa implica reutilizar, no tirar".
Por otro lado, las entrevistadas aseguraron que las ferias de las organizaciones sociales no compiten con el comercio tradicional de Gualeguaychú, atienden a una franja de la población que quedó completamente segregada del mercado formal de indumentaria nueva.
"No nos podemos comparar con los negocios tradicionales bajo ningún punto de vista, porque el comerciante compra la mercadería y paga impuestos, alquiler, personal, y te vende ropa nueva. Lo nuestro es usado o ropa nueva que nos donan tiendas que cierran o gente que no la puede vender y la manda de regalo. El que va a Lalcec no va a los comercios del centro”, indicó Villar.
El "detrás de escena" del ropero
Donar, clasificar, remendar, poner precio y vender. Esa es la cadena artesanal de los roperos feriales. La clasificación de la ropa y la atención al público se transformaron en actividades fundamentales para el cuerpo de voluntarias que sostiene la actividad. Las donaciones que reciben requieren de un filtrado riguroso y manual por parte de los equipos. Toda la indumentaria que llega desde familias, vecinos y miembros de las iglesias debe ser revisada y revalorizada.
Hermann describió la trastienda de La Cigarra como un verdadero espacio de encuentro: "Las ferias son economía circular y también un lugar de encuentro para quienes las preparan. Mientras se clasifica la ropa, se da una linda ronda entre mates y risas". A su vez, este entorno funciona como un refugio contra la soledad en momentos difíciles. “Una vecina nos dijo que venía porque necesitaba estar con gente, y eso no es poca cosa, somos un espacio de contención", resaltó la referente del lugar.
¿Qué cubre el dinero recaudado?
Los pesos obtenidos en estos percheros solidarios financian directamente la alimentación de niños, el sostenimiento de infraestructura sanitaria y la atención médica de animales vulnerables.
En el proyecto La Cigarra la recaudación sostiene una estructura comunitaria de siete talleres semanales para más de 70 niños, niñas y adolescentes en el Salón Esperanza. "La Iglesia Evangélica del Río de la Plata tiene como una de las misiones básicas el alimento. Es decir, la ganancia de la feria se transforma en forma directa en platos de comida saludable”, contó Herman. “También se destina para pagar la luz, el gas, todo lo que son insumos de talleres y se comparte con la catequesis", agregó.
En Lalcec la feria cubre los costos operativos básicos que el Estado o las obras sociales no financian, garantizando que la institución pueda seguir detectando el cáncer a tiempo en la comunidad.
"La feria nos ayuda a sostener los gastos de la institución. Tenemos muchos gastos fijos: personal, artículos de limpieza, insumos ginecológicos, pago de cable, teléfono, las personas que limpian”, enumeró Villar. Sin ese ingreso la atención preventiva de la ONG se vería severamente afectada.
Finalmente, en La Casita cada prenda vendida se traduce en una consulta veterinaria o en una bolsa de alimento balanceado para los perros que superan los diez años de edad. "Con lo de la feria se cubre tanto lo que es medicación, alimentación y algún gasto veterinario que surja de análisis o estudios. No cubrimos todo, pero nos ayuda a ir entregando dinero cuando debemos en las distribuidoras o a los veterinarios”, contó Colombo.
En medio de la recesión, las ferias de ropa se consolidan como un engranaje estable y productivo dentro de la economía del usado. Más allá del gesto solidario, el circuito de la ropa usada se afirma como un modelo de sostenibilidad y gestión comunitaria que, por ahora, parece ser el único capaz de resistir la crisis.