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Entrevista a Armando Mettler

Puede asumir perfectamente el rol de inventor, porque de hecho es titular de varias patentes. También puede ser considerado un permanente buscador de innovaciones y así sigue proponiendo nuevas alternativas como las ruedas anfibias y terrestres para los automóviles. Un hombre que a los 80 años edad se muestra preocupado por el medio ambiente y por eso creó un motor alimentado con una energía que evita el calentamiento global.

Sábado, 24 de Octubre de 2009, 0:00

Por 4

Por Nahuel Maciel

EL ARGENTINO ©

 

Armando Néstor Mettler Demerlier, es reconocido en la comunidad como el hombre que trajo la imagen y el sonido a la ciudad a través de la televisión primero y luego al fundar la primera radio de Gualeguaychú.

Hijo de don Ernesto Rodolfo y doña Catalina Jeroma, pertenece a una familia original de Suiza, más precisamente del cantón de Saint Gallen, fronterizo con Alemania.

Su bisabuelo vino a la Argentina con Aarón Castellanos y poblaron Santa Fe. Su abuelo, también nacido en Europa, vino al país a los cuatro años de edad.

Una familia compuesta por hombres aventureros, inventores, bohemios. Siempre con espíritu pionero. Por ejemplo, un primo de su padre fue el creador de una báscula de precisión conocida en el mundo entero –especialmente por los más exquisitos joyeros- como “Balanza Mettler” y luego asociada con una casa de Toledo, España, expandieron el comercio hasta ser líderes en el mercado de las balanzas para pesar camiones y que se conoce como “Mettler Toledo”.

Armando Mettler nació en Gualeguaychú el 18 de julio de 1929 y acaba de cumplir 80 años. De muy niño vivió en Larroque, donde cursó sus primeros años en la Escuela N° 54 “Córdoba” y tuvo como director a uno de los impulsores de la educación larroquense como fue el profesor Faustino Suárez. Como todo hombre agradecido, Armando Mettler pide la palabra y sostiene: “De don Faustino Suárez tengo una imagen imborrable. Una persona muy seria, recatada, muy exigente y al mismo tiempo muy cálida”.

El mayor de seis hermanos (cuatro varones y dos mujeres), Armando vivió a través del almacén de ramos generales de su padre el descubrimiento por las máquinas y la fascinación por todo lo que fuera tecnología.

“Mi padre vendía en el almacén de ramos generales maquinarias agrícolas, que llegaban en grandes cajones que luego había que armar. Así aprendí a ser amigo de las herramientas y fundamentalmente descubrí mi pasión por la ciencia y la inventiva”, dirá acaso como un antecedente de lo que luego se transformaría en una constante en su vida.

En Gualeguaychú decir Armando Mettler es reconocer en ese nombre a la persona que trajo la televisión a la ciudad. La biografía de este hombre bien podría comenzar así: “Fue quien trajo por primera vez la maravilla de ver imágenes y escuchar sonidos a través de un aparato incomprensible para el común de los mortales y que captaba señales a cientos y cientos de kilómetros de distancia”.

 

-¿Qué fue Admiral?

-Admiral dice muchas cosas. Fue el nombre de mi comercio de venta de televisión. Es antes la marca de un televisor fabricado en Estados Unidos y que fue en su momento uno de los mejores del mundo. Pero comenzaré por el principio. Cuando estaba en Larroque haciendo la primaria, nos fascinaba todo lo relacionado con la mecánica y el campo. Se vivía prácticamente en constante relación con el campo, diría que todo era campo en aquellos años. Camiones que iban y venían con granos y un movimiento incesante en tiempos de siembra y cosechas. Mi padre tenía un almacén de ramos generales, con un anexo de ventas de combustibles y lubricantes para el campo y también era representante de una fábrica de maquinarias agrícolas llamada “Tractores Internacionales” y de “Deering Massey Case” del mismo rubro. Esas maquinarias llegaban desarmadas dentro de grandes cajones y nuestro entretenimiento era ayudar a los mecánicos a armarlos. Vale decir, desde la más temprana infancia estuvimos muy estimulados familiarmente y a los catorce años ya estaba dirigiendo el taller con cuatro operarios adultos a cargo. Y además, ya estaba recibido de radio y televisión.

 

-Pero un momento. En aquellos tiempos había visto alguna vez un televisor.

-En figurita solamente. Sin embargo, había logrado recibirme porque hice unos cursos y aprendí a armarlos mentalmente, pieza por pieza. Después en 1953 comienza a funcionar Canal 7, obviamente en blanco y negro. Así surge mi inquietud de conseguir un televisor y busqué el mejor. Y aquí vuelvo a la pregunta inicial, porque ese televisor que busqué fue un Admiral, importado de Estados Unidos.

 

-Otra consideración. En aquellos tiempos en Gualeguaychú no había corriente alternada…

-Ese es otro capítulo. El televisor funcionaba con corriente alternada y esa característica todavía no había llegado a la ciudad. Por eso tuvimos que hacer un convertidor de corriente continúa a alterna para que pudiera funcionar. El problema era siempre el convertidor y, por supuesto, la baja de tensión de la Compañía de Electricidad y que su mayor consumo en la hora pico eran tan sólo algunas lamparitas que daban lástima. Eso sí, después de las doce de la noche cuando las vidrieras se apagaban, la tensión eléctrica era más intensa.

 

-Al nombrar la corriente continúa describe también toda una época. Que otros prodigios recuerda de esos años.

-Cuando veníamos de Larroque con mi padre, me fascinaba el tranvía, cuyas vías estaban incrustadas en la Avenida Rocamora y hacían la curva en 25 de Mayo en dirección hacia el río. Conocí también al vapor “Luna” viajando a Buenos Aires. Y por supuesto el tren tanto para ir a Buenos Aires como también a Larroque, haciendo el cambio de tren en Pareda. Se me viene a la memoria un amigo del colegio de aquellos años, “El Negro” Soto, que era un experto en crear cuartetas. Con Soto tengo una anécdota que lo describirá de cuerpo y alma. Una vez lo invito a conocer Larroque, dado que éramos muy amigos. Ibamos en un tres de dos vagones casi desvencijados, que crujía por todos lados. Tardaba casi dos horas para llegar de Gualeguaychú a Pareda, así que hay que imaginar ese viaje. Bueno, la formación del tren tenía unos bañitos simples: un tazón y un caño que descargaba directamente a las vías. La empresa, que era inglesa, había colocado un letrero que decía: “Se ruega a los señores pasajeros no hacer uso de este baño, mientras el tren esté detenido”, y firmaba “La Empresa”. En ese viaje, Soto escribió debajo del letrero: “Me causa mucha sorpresa este aviso estrafalario, pero que sepa la empresa que ´aquello´ no tiene horario”. Así era “El Negro” Soto de creativo y espontáneo y llegó a ser director del diario La Capital de Rosario.

 

-¿Cuándo se enciende el primer aparato de televisor en la ciudad?

-El primer aparato fue ese televisor Admiral. Estamos hablando del año 1953. Y fíjese una cosa: un año antes ya había empezado a fabricar antenas, porque al tema lo conocía como a las palmas de mis manos. Es decir, antes de tener un aparato ya tenía la antena. Hubo que hacer las ecuaciones de distancias para ganar decibeles y mejor captación de la señal.

 

-¿Ahí salen las famosas antenas “Camet”?

-Así es. Camet, por Casa Mettler. Esas antenas se popularizaron por todo el país. Y era una composición o amalgama de tres sistemas que andaban muy bien. Primero, el tendido horizontal de diez o doce elementos; luego un bipolo doble, uno para que trabaje del 7 al 10 y el otro del 10 al 13 y al dividirlos permitía repartir mejor y captar con mayor nitidez las señales. Y el tercer sistema fue una combinación con una antena parabólica, pero planar. En definitiva, la antena era una especie de flecha. Era una antena simple, individual y permitía captar la señal de Buenos Aires.

 

-Pero volvamos al encendido del aparato y a la aparición de la imagen.

-La televisión comenzaba alrededor de las seis o siete de la tarde hasta la medianoche y solamente Canal 7. Al principio, las primeras experiencias las compartí con un grupo de amigos y entusiastas que me ayudaban en esos experimentos. Recuerdo que el primer soporte de la antena lo hicimos con tirantes de madera, pero fue lo suficientemente fuerte para sostener todo lo que se requería, más el peso del antenista. Bueno, cuando comenzamos a captar las primeras imágenes fue una sensación imborrable hasta el día de hoy. Mi taller estaba en un garaje y arriba había una especie de pieza. Allí y mirando por una ventana hacia la calle, colocábamos el televisor para compartir lo que habíamos logrado. Pero fue tal el suceso y la gente se agolpaba frente al taller en multitud, que obligó a las autoridades Municipales a enviar inspectores y policías para controlar al tránsito, porque esa cuadra se llenaba entera. El taller estaba ubicado en Camila Nievas, entre Urquiza y 25 de Mayo. En esa época la calle se denominaba Perú y el taller quedaba exactamente en Perú N° 8.

 

-¿Cómo pasa de la televisión a la radio?

-Los llamados para tener una licencia de radio siempre fueron de tire y afloje. Cada gobierno llamaba, al final ese llamado nunca se cumplía; luego venía otro gobierno y repetía la historia. En 1964 había una necesidad colectiva de tener algo. Así, un día bajo el gobierno de Arturo Illia, solicité un permiso para transmitir solamente para el aniversario de la ciudad; pero únicamente para ese 18 de octubre de 1964. Me otorgaron el permiso, pero me llegó un día antes. Así que la desesperación fue total y finalmente pudimos poner al aire la que se llamó por esa única vez LT 4 Radio Gualeguaychú. Esa fue la primera radio que funcionó en la ciudad. Pero quiero marcar otro antecedente y hacer un tributo a la Propagadora Grecco. Si bien no era estrictamente una radio, fue un formidable sistema para vincular y mantener comunicados a los vecinos. Era una red callejera y era la única posibilidad de estar al tanto de los sucesos de la ciudad, aparte de los diarios.

 

-¿Pero cómo llega usted a la AM?

-LT 4 fue una concesión especial por un día. De esa experiencia continuamos gestionando de manera persistente para lograr una licencia. En varias oportunidades llaman para la licencia de LT 41 y finalmente se concreta en 1972. La obtuvimos y nos dieron un año de plazo para ponerla al aire. La inauguramos el 1° de septiembre de 1973 en el estudio ubicado en Fray Mocho 486.

 

-¿La historia de Canal 6?

-Esa historia es parte del espíritu inquieto. La televisión surge en 1953 y con el correr del tiempo queda clarito que era difícil poner antenas accesibles para todo el mundo. Se necesitaban materiales livianos, porque esa antena iba a estar colocada generalmente sobre un techo de chapa de cinc, con los grandes problemas de las tormentas y otras variables. Entonces esta necesidad convocó a otra creatividad: en vez de hacer miles de antenas individuales de veinte metros, estudiar la posibilidad de tener una de casi 200 metros y que sea colectiva. Fue así que construimos esa antena colectiva, pudimos captar la señal y distribuirla por cable al vecindario. Ese sistema fue el impulsor del sistema que hoy se conoce como video cable.

 

-¿Y que siente hoy cuando su canal de aire no es subido, como indica la ley, en el sistema de video cable?

-Son consecuencias de la monstruosidad, la irresponsabilidad y la indolencia que tienen los grandes grupos comunicacionales. Estos grupos no son controlados de manera debida y esa situación, que viola la ley, ocurre porque no hay controles ni responsabilidades. Ni siquiera me dejan extender cables en la ciudad. Así es la realidad.

 

-Salgamos un poco del aspecto técnico. Quisiera invitarlo a reflexionar sobre la comunicación. Su relato en el fondo es eso: desde las cuartetas del “Negro” Soto hasta su obsesión por captar las imágenes de la televisión y su persistencia para incorporar en la ciudad una radio.

-Entiendo. Usted quiere ingresar al terreno del alma de las ideas. A pesar de que hoy el acceso a la tecnología es mucho más accesible que antes, los contenidos son a mi entender mucho más chabacanos y triviales que entonces. No soy experto en esta materia, pero siempre entendí que no había que descender en la calidad de las ideas, ser liberal y abiertos a todos los pensamientos pero también cuidando las formas que son parte de las esencias. Tenemos que tomar conciencia del hecho extraordinario de los medios de comunicación que están al alcance de las manos; pero fundamentalmente de la clase de contenido que vamos a poner a disposición de las audiencias. Por eso es imprescindible retomar la máxima de todas las épocas: ser responsables individual y colectivamente de lo que se comparte con el prójimo. Insisto, no soy un experto, pero entiendo que una herramienta de defensa es tener autonomía en el pensamiento y fundamentalmente firmeza en los valores.

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