La historia de Lourdes Sosa Fraccarolli se hizo muy conocida en Gualeguaychú. Era abril del 2017 y un cáncer hizo que, durante casi dos años, la familia deba mudarse a Buenos Aires. Hoy es una niña sana, llena de vida y de proyectos. “La seño me dijo que era la abanderada de la Bandera de Entre Ríos, y yo me puse feliz”, cuenta, ahora.
Redacción EL ARGENTINO
Por Luciano Peralta
“Aunque pasaron seis años, yo tengo presente lo que vivimos todos los días. Siempre está el recuerdo, ante cualquier situación o problema de salud de algún hijo de un compañero de trabajo, por ejemplo, sale el tema nuestro”, dice Marcelo Sosa, el papá de Lourdes, la más grande de tres hermanos. Junto a Ana Fraccarolli, la mamá de la familia, accedieron a dialogar con EL ARGENTINO sobre la realidad que viven por estos días. Muy diferente a los que les tocó atravesar durante el 2017 y el 2018.
“Un día se sentía mal, no quería tomar la leche, no quería nada, y notamos que tenía como durito en la panza. Una compañera la había golpeado sin querer y eso le dolía. Al otro día la llevamos al pediatra, le hizo una ecografía y enseguida nos dijo que nos vayamos al Hospital Garrahan, al Gutiérrez o al San Roque, de Paraná. Esa misma noche salimos para el Garrahan, donde estuvimos casi dos años”, recuerda Ana.
El diagnóstico fue de cáncer en uno de sus riñones, mediaba abril del 2017 y nadie en la familia imaginaba lo que iba a venir: Lourdes cumpliría los 4 y los 5 años internada en el prestigioso hospital público de la ciudad de Buenos Aires. Las sesiones de quimioterapia comenzarían a los pocos días y, luego de varios meses de tratamiento, el riñón sería extirpado. Pero, la enfermedad ya había hecho metástasis en sus pulmones, por lo que deberían continuar en Buenos Aires por un tiempo más.
Hoy Lule, como le dicen cariñosamente, tiene 11 años, cursa el sexto grado en la Escuela N° 44 “María Mercedes Balcarce y San Martín”, donde es abanderada de la bandera de Entre Ríos. Le gusta jugar al fútbol, pero no lo hace porque los varones son muy brutos, por eso prefiere el vóley.
Mientras sus padres recuerdan aquellos angustiantes días del 2017, ella escucha, atenta, pero todavía no dice nada. Su papá y su mamá hablan de la llegada al Garrahan, de la enormidad de ese hospital, de las dificultades que tuvieron que atravesar durante ese tiempo, en el que, de buenas a primeras, debieron dejar trabajos, a la más pequeña de sus hijas con familiares, y enfrentar una situación extrema. Ana estaba embarazada de seis meses.
[{adj:83704 ]“Me acuerdo del nene que se murió”, le contesta Lourdes, después de un rato de escucha activa, a su papá. Pero no aporta nada más. Parece tímida, pero está por entrar en confianza. La muerte de niños y niñas no es una rareza en una institución como el Garrahan. A eso también se tuvieron que habituar los Sosa Faccarolli, quienes todavía recuerdan, con ojos vidriosos, a Felipe, un amiguito de dos años que no aguantó la metástasis que el cáncer le generó en gran parte de su cuerpo.
“La realidad es que sacamos fuerzas de donde no teníamos, ella fue nuestro sostén, en vez de ser al revés. Ella siempre mantuvo su sonrisa”, dice Ana. Y recuerda que, en ese entonces, Lule decía que de grande sería doctora o maestra.
“Ahora quiero ser abogada”, corrige, enseguida, la pequeña. “Capaz que gano más plata”, agrega, y genera carcajadas adultas. Ya en confianza, dice que lo que más le gusta de la escuela es el deporte, que tiene educación física los martes y miércoles, y que juega al vóley porque, además de ser brutos, cuando juegan al fútbol y alguien hace un gol en contra “le dicen de todo, y eso a mí no me gusta”.
[{adj:83705 ]Lule en sus días de internación, siempre con una sonrisa
“Tampoco me gusta matemática, porque la seño de quinto no nos enseñó las tablas y ahora tenemos que saber eso. Tengo buenas calificaciones en lengua y esas otras”, cuenta, con la frescura de su edad. Y, con su voz tierna e inocente, habla de su competencia por quedarse con la bandera nacional.
“El año pasado, justo estaba con el teléfono y mamá me dice que mañana tenía que ir a la escuela porque estaba de escolta de la bandera. Cuando fuimos a practicar, la seño me dijo que era la abanderada de la Bandera de Entre Ríos, y yo me puse feliz”, dice, con una ternura indescriptible.
La charla sigue un rato más y, como buena futura abogada, la pequeña argumenta cada una de sus posturas y juicios para con sus maestras y compañeros. Se la nota, más que viva, llena de vida. Lourdes tiene todo por delante y una sonrisa que enamora. El cáncer, afortunadamente, ya es parte del pasado.