Por orden de Donald Trump, Nicolás Maduro está preso en Nueva York. El Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela declaró a su vice, Delcy Rodríguez, presidenta encargada. Es un artilugio.
Redacción EL ARGENTINO
Por Yanina Welp
Si se hubiera establecido la “ausencia absoluta” del presidente en lugar de la temporal, como se hizo, la Constitución habría obligado a convocar unas elecciones que el gobierno no estaría en condiciones de manipular. Como sea, Delcy está ahí por voluntad de Donald.
En las últimas semanas, decenas de presos políticos han sido liberados. La oposición, representada por Edmundo González y María Corina Machado, se mantiene en alerta. Cerca de ocho millones de venezolanos que emigraron en los últimos años (según la Organización Internacional para las Migraciones, 2025) y casi treinta millones que siguen en el país observan expectantes. ¿Estamos ante un cambio de régimen?
La ciencia política no adivina el futuro, pero aporta herramientas para entender el presente y sus perspectivas. Para eso, conviene volver a un clásico. Entre 1979 y 1981 un grupo de politólogos llevó adelante una monumental investigación liderada por Guillermo O’Donnell, Phillipe Schmitter y Laurence Whitehead. El resultado de ese trabajo se publicó en cuatro tomos titulados, en inglés, Transitions from Authoritarian Rule. Más de cuarenta años después, sigue siendo una caja de herramientas muy útil para comprender los cambios de régimen. Largamos 2026 con el regreso de #VaDeLibros, hoy con una “reseña aplicada”.
Una anécdota: para enojo del gran politólogo argentino, Guillermo O’Donnell, el libro salió en castellano como Transiciones desde un gobierno autoritario (Paidós, 1988). Editorial Prometeo sacó una nueva edición, reeditada en 2024, que por razones legales mantiene el título previo pero ofreció a O’Donnell la oportunidad de expresar su malestar con la traducción y en especial con el uso de “gobierno” en lugar de estado o régimen. El argumento es de fondo, un líder autoritario no convierte a un régimen en una dictadura, el autoritarismo es un atributo del sistema y no sólo de una de sus piezas o de las características psicológicas de su líder. Una golondrina no hace verano, sacar a Maduro no democratiza venezuela.
Un aporte de Transiciones... es enfatizar en el principio de incertidumbre. Un régimen autoritario puede caer pero también permanecer, o mutar. Puede dar lugar a una democracia, a otro autoritarismo o a una combinación inestable de ambos. Los actores políticos no controlan plenamente las consecuencias de sus decisiones; las reglas del juego están en disputa o son débiles; pequeños movimientos pueden tener efectos enormes. Venezuela es un caso de manual: del manual de la resistencia al cambio.
Para pensar estos procesos, O’Donnell y Schmitter distinguen tres momentos analíticos. El primero es la apertura: una relajación parcial del autoritarismo, como la liberación de presos políticos o una mayor tolerancia a la oposición. El segundo es la transición, cuando se pone en cuestión el principio de autoridad del régimen, por ejemplo mediante elecciones competitivas. El tercero es la consolidación, cuando las reglas democráticas se vuelven estables y previsibles en el tiempo.
Estas fases no son automáticas ni lineales. La apertura puede ser una ilusión, una estrategia del régimen para ganar tiempo sin democratizarse. En Venezuela eso ocurrió varias veces, incluida la secuencia electoral de 2024.
¿Qué factores importan para que una transición avance? Sobre todo los factores domésticos: divisiones dentro de la élite gobernante, capacidad de la oposición para organizarse y movilizar apoyo social, control (o fragmentación) de los aparatos coercitivos. En ambos bandos, los miembros del antiguo régimen y quienes quieren cambiarlo, suelen coexistir sectores duros y blandos, radicales y moderados. Los factores externos —presión internacional, sanciones, incentivos económicos, incluso intervención directa— pueden influir, pero no sustituyen a los internos. Ayudan o dificultan, pero no deciden por sí solos, dice el libro reseñado.
Desde 1999, Venezuela vive una crisis prolongada compuesta por episodios que una y otra vez parecen anunciar un cambio de régimen. Un golpe fallido en 2002, un referéndum revocatorio que casi prospera en 2004, protestas masivas en distintos momentos (2019, 2024), boicots electorales (2005), derrotas parciales del chavismo reconocidas o no reconocidas (2007, 2017), y finalmente el fraude abierto de 2024.
La sensación de estar “al borde” se repite. Y, sin embargo, el régimen no cae. Se reacomoda. Cada crisis se resuelve con más concentración de poder y el dilema del dictador es cada vez más patente: no pueden abandonar sus cargos porque saben que irán presos por corrupción y violación de derechos humanos. Visto en perspectiva, la historia del chavismo – y de su mutación bajo Maduro tras la muerte de Hugo Chávez en 2013 – es una historia de crisis sin transición.
Entonces, ¿no hay esperanza? En un análisis del tránsito a la democracia durante la tercera ola, Albert Hirschman (“On Democracy in Latin America”, The New York Review 1986) señaló que cualquier reflexión sobre las probabilidades de consolidar la democracia en América Latina podían partir del pesimismo porque la constante era la inestabilidad: ni siquiera los regímenes autoritarios lograban perdurar, como mostraba en especial el caso argentino.
Para Hirschman, una forma perniciosa de pensar era la de identificar una serie de variables imposibles de cumplir. Frente a esto, veía más constructivo poner la atención sobre los desarrollos históricos inusuales, las constelaciones raras de acontecimientos favorables, los caminos estrechos, avances parciales que permitieran avanzar la construcción de una alternativa a la dictadura. Se trataba de buscar o aprovechar ventanas de oportunidad y pensar en lo posible más que en lo probable. Así ocurrió en Argentina, y con todos sus achaques, la democracia sigue en pie.
Lo paradójico hoy en Venezuela es que en un contexto internacional de repliegue, las posibilidades de la apertura parecen depender más que nunca de la presión que puedan hacer los actores externos sobre los internos. Y el juego de momento se inclina hacia la conservación del poder con entrega del petróleo más que al restablecimiento de la democracia.