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Del hundimiento del Titanic al naufragio más famoso de la ciudad

Hay dos naufragios que conmovieron a nuestra ciudad en las primeras décadas del siglo XX. Uno de ellos fue el hundimiento del Titanic tras chocar contra un tempano de hielo y el otro fue el naufragio de la draga que dio una vuelta de campana tras toparse contra un banco de arena en el río Uruguay. El relato de un sobreviviente de aquella tragedia.

Domingo, 15 de Abril de 2012, 5:03

Por 4

El 15 de abril de 1912 a las 2:20 el hundimiento del gran transatlántico puso fin a la travesía inaugural del RMS Titanic, que debía conectar Southampton con Nueva York.

De acuerdo al relato de los testigos que sobrevivieron a la tragedia, el hundimiento del trasatlántico se desarrolló en la noche del 14 al 15 de abril de 1912 en el océano

Atlántico septentrional, frente a las costas de Terranova.

El otro naufragio ocurrió 47 años después, casi a la misma fecha y la misma hora, pero de 1959, la draga "2 C" del Ministerio de Obras Públicas de la Nación, daba una vuelta de campaña sobre un banco de arena en el río Uruguay, tras una fuerte tormenta, lo que constituye la peor tragedia náutica de la historia de la ciudad, desde entonces hasta nuestros días.

El Titanic choca contra un iceberg en el lado de estribor el 14 de abril de 1912 a las 23:40 y se hunde en menos de tres horas, a las 2:20. En el trágico episodio 1.512 personas fallecieron por ahogamiento o hipotermia, lo que convierte a este naufragio en una de las mayores catástrofes marítimas en tiempo de paz y más fatal de la época.

El Titanic era un transatlántico británico de la White Star Line, construido bajo la iniciativa de J. Bruce Ismay en 1907, y diseñado por el arquitecto Thomas Andrews en los astilleros de Harland and Wolff. Su construcción se inició en Belfast en 1909 y terminó en 1912.

El Titanic era el más grande y lujoso barco jamás construido en el momento de su botadura y su construcción se ajustó a la de un buque prácticamente idéntico, el RMS Olympic. Estaba provisto de dieciséis compartimentos estancos que servían para la protección del buque de las averías importantes.

Los medios de comunicación le daban una imagen de buque fiable, aunque, contrariamente a la leyenda distribuida después del hundimiento, nunca se había considerado insumergible.

El naufragio fue una conmoción en el mundo entero, sobre todo en Nueva York y en Inglaterra. Tras el hundimiento, varias comisiones de investigación fueron llevadas a cabo y sus conclusiones se utilizaron para mejorar la seguridad marítima, especialmente a través de nuevas regulaciones. Varios factores se combinaban para explicar tanto el hundimiento como el elevado número de pasajeros que no pudieron sobrevivir. El buque no disponía de botes salvavidas suficientes, y la tripulación nunca había sido entrenada para enfrentarse a estos casos.

Como resultado, la evacuación de los pasajeros estuvo mal organizada. El comportamiento del capitán Edward John Smith también fue criticado, sobre todo porque había mantenido el barco a una velocidad demasiado alta, dadas las condiciones de navegación. El tiempo meteorológico y climático también jugó un papel determinante.

El hundimiento de la draga

 

El naufragio de la draga tiene algunas similitudes con la del Titanic, si consideramos la mala actitud de su capitán Agenor Rojas, aquel 14 de abril de 1959, pese a la alerta meteorológica dada por la Prefectura, no hizo caso de ingresar a puerto, poniendo en riesgo a su tripulación, además las condiciones meteorológica reinantes en el momento del naufragio son también las causas de la muerte de ocho personas aquel día.

La draga "2 C" del Ministerio de Obras Públicas de la Nación, construida de casco de laminas de hierro y cubierta de madera; tenía 56 metros de eslora y 12 metros de manga.

Funcionaba a vapor, generado por una caldera alimentada a petróleo crudo, que almacenaba en dos tanques de 90 toneladas. La fuerza de esa máquina se distribuía en dos hélices que trabajaban combinadas. Su sistema de dragado era del antiguo "tipo noria", con baldes que cargaban tres cuarto metros cúbicos de barro. La dotación completa era de 20 hombres bajo el mando del capitán Rojas.

Pedro Chiche era el primer maquinista y el contramaestre, Pedro Martínez. En el resto de la tripulación revistaban: Teodoro Heredia, Gelós, Alcaraz, Fernández, González, Aguirre, Bravo y Casafuz, entre otros, según narra el historiador local Gustavo Rivas en su blog: http://gurivas.blogspot.com.ar/, quien documentó la historia oficial del incidente.

El día anterior al naufragio, la tripulación se encontraba dragando el canal de acceso al río Gualeguaychú, entre la boya del kilómetro 90 del Uruguay que es a la vez, kilómetro 0 de nuestro río. Para el trabajo de la noria, la draga debía sujetarse desde distintos puntos, como si fuera una araña, con seis anclas, tres en proa y tres en popa, aunque en esa oportunidad tenía cinco: faltaba una de popa. El barro extraído era transferido a dos chatas.

Teodoro “Don Lote” Heredia es el único que aún sobrevive a de aquella tripulación de abril de 1959, donde ocho de ellos murieron en el naufragio, tres sobrevivieron y Don Lote alcanzó a irse un día antes de la tormenta.

La historia viva

 

A los 99 años, Don Lote Heredia es un testigo viviente de aquella tragedia y narró a EL ARGENTINO, cómo aquel episodio lo afectó emocionalmente para el resto de su vida.

Teodoro nació el 9 de noviembre de 1912 en la Estancia El Potrero, siete meses después del hundimiento del Titanic, para entonces nadie hablaba de la tragedia del Atlántico Norte en Argentina, pero en Inglaterra y Estados Unidos, las investigaciones y la toma de testimonios a los sobrevivientes continuaban para intentar determinar las causas del hundimiento del enorme transatlántico.

Ya en su juventud, su vida estuvo ligada fuertemente al río Gualeguaychú. En la década de 1930 trabajó en la construcción del Puente Claudio Méndez Casariego, en la construcción de la Plaza Colón, el puerto y en la defensa de la Costanera para evitar inundaciones.

A los 46 años, el 14 de abril de 1959, Lote se encontraba embarcado en la draga y se entera que todos los barcos similares, estaban siendo alertados de una gran tormenta que se aproximaba a la zona del kilómetro 102 del río Uruguay.

Don Lote junto a sus compañeros Bravo, González y Casafuz insistieron ante su capitán para guarecerse aguas adentro, pero él se mantuvo en su negativa. Mientras tanto los barcos pedregulleros, que venían del norte, al aproximarse a la boya 90, viraban y se dirigían a recalar en Fray Bentos.

“Recuerdo que fui hasta donde estaba mi jefe en la draga y le dije: mire que tenemos la orden de Prefectura de entrar al río Gualeguaychú y llegar a puerto. Mi jefe me dijo: No, esto es una balsa no nos va a pasar nada. Entonces le contesté yo me voy sí o sí”.

Para entonces las condiciones climatológicas comenzaban a deteriorarse y las olas en el río Uruguay hacían difícil la navegación para las embarcaciones de pequeño porte.

Al poco tiempo un remolcador se arrima hasta la draga, mientras Lote miraba como otras embarcaciones se dirigían al resguardo del Frigorífico Anglo en Fray Bentos o retornaban a nuestra ciudad.

El capitán del remolcador Fausto Briozzo, le ofreció ayuda al capitán de la draga para remolcarlo hasta puerto, pero el jefe de la draga se negó. En ese instante Lote saltó de la cubierta de la draga a la cubierta del remolcador en una maniobra que le hubiera podido costar la vida.

El capitán de la pequeña embarcación se sorprendió por esa hazaña.

“Cómo subiste vos”- le preguntó a Heredia- “me encomendé a Dios y salté, él me escuchó y me salvé”, le explicó a EL ARGENTINO.

En la noche del 15 de abril las condiciones climáticas siguieron empeorando y para las 2 de la mañana del 16 de abril, la draga cargada de agua, trabada por su anclaje, presa de la sudestada y las olas, comenzó a hundirse de popa, por lo que los tripulantes atinaron a subirse a la torreta. Finalmente, una fuerte racha le provocó una vuelta campana. La hora del hundimiento quedó registrada en el reloj de la draga y en los de las víctimas: entre una y media y dos de la mañana de aquel 16 de abril, según documenta el historiador local Gustavo Rivas.

“A la mañana siguiente, Briozzo me dijo que la draga no se veía navegando en el río Uruguay, yo le dije y se debe haber ido para adentro al refugio del Anglo. Bueno mañana voy a ir temprano para ver si la vemos me dijo Fausto. Luego nos enteramos del desastre”, recuerda Lote.

Tras el naufragio algunos de los marinos murieron dentro de la embarcación. Otros, aunque pudieron llegar a nado a la costa de Ñandubaysal, encontraron la muerte por una causa inesperada. Allí se habían arremolinado los durmientes que venían flotando, recientemente extraídos del puerto de Fray Bentos; al llegar, los náufragos morían azotados por esos durmientes que batían las enfurecidas aguas del Uruguay.

El 17 de abril de 1959 llegaban las primeras noticias del naufragio de la draga a la ciudad. La confirmación de las muertes de tripulantes, algunos de ellos, vecinos de Gualeguaychú, se sumaban al drama de centenares de inundados de la ciudad y la zona sur.

El Destacamento Boca había sido evacuado por la gran creciente; desde el campamento de pescadores de Lapuente no se divisaba nada: las olas no dejaban ver. Recién cuando el río bajó y dejó a la vista la enorme panza de la draga, se tuvo la confirmación de la desgracia que todos presentían. De ahí en más, se hicieron recorridas hasta la boca del Ñancay en busca de los cadáveres. Las pesadas boyas del canal de entrada aparecieron en medio del campo en Ñandubaysal. Recién el 15 de mayo encontraron la totalidad de los ocho tripulantes naufragados.

“De los once tripulantes que en ese momento se encontraban en la draga, ocho murieron y tres se salvaron, al alcanzar la costa en la zona de El Potrero, dos de ellos eran los cocineros y un operario. Yo tuve que ir hasta el lugar donde encontraron los cuerpos para identificar a mis compañeros. Ví a mi capitán muerto boca a bajo, me dio una tristeza enorme. Le decía Fausto –el capitán del remolcador- mira ahí esta el patrón que no quiso entrar a resguardo”, le dijo Lote a EL ARGENTINO.

Los tres sobrevivientes, al llegar a la costa, se trasladaron a pié hasta llegar a la Estancia San Luis donde fueron auxiliados, según recuerda “Lote”.

“Después del incidente quedé mal, tenía pesadillas y sentía una pena muy grande porque si el capitán me hubiera hecho caso todos se hubieran salvado”, comentó.

Desde entonces la draga, varada en el banco de arena, hace 53 años que es testigo de los mejores amanceres del mundo: los del río Uruguay.

Tal vez el afamado director de cine canadiense, James Francis Cameron, algún día se interese sobre la historia del naufragio de la draga y también la lleve a Hollywood, para hacer de aquel barco barado en un banco de arena un éxito de taquilla internacional como lo hizo en 1997 con la película “El Titanic.

 

 

Por Diego Elgart

EL ARGENTINO ©

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