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Por la desesperación de hacer que los campos sean cada vez más productivos y evitar que se inunden, el Delta Entrerriano está al borde de un desastre ecológico de gran magnitud, si no se atiende este problema.
A los pobladores nativos de las Islas y los dirigentes gremiales de la entidades del campo les preocupa la falta de regulaciones, controles y de un plan integral del manejo del agua. Así, las islas pierden esa suerte de efecto “esponja”, de su capacidad regulatoria, a costa de esos verdaderos murallones levantados para emprendimientos inmobiliarios o agrarios: antes hubiese sido impensado sembrar soja en medio de un humedal.
Se estima que la soja ya cubre casi unas 50 mil hectáreas de esas tierras, con un 25 por ciento de canales artificiales. Las aguas corren río abajo y las crecientes suben. Que el agua corra por la pendiente es natural, pero que el flujo se vuelva indomable pasa por otro lugar, provocando inundaciones a centros urbanos cercanos. El problema del endicamiento indiscriminado del Delta es algo que deben abordarlo en conjunto los gobiernos de la provincia de Buenos Aires, Santa Fe y Entre Ríos.