Saltar menú de navegación Teclas de acceso rápido
Cuando la noche mandaba

La larga noche que Gualeguaychú tardó dos siglos en conquistar

Candiles de grasa de potro, velas de sebo, el farolero al trote con su escalera al hombro y una ciudad que aprendió a vivir entre la oscuridad y la luz.

Sábado, 2 de Mayo de 2026, 8:26

Por Leticia Mascheroni

Un recorrido por los primeros siglos del alumbrado en la villa de San José de Gualeguaychú, desde sus orígenes coloniales hasta la llegada del kerosene.

Los años y los años pasaban lentamente. La vibración de algún tañido esporádico de la minúscula campana en la pobre capilla recortaba el silencio de la villa. El ladrido de los abundantes perros cimarrones o el acompasado galope de caballos desbocados rompían la monotonía en que se desenvolvía la vida de los escasos pobladores de la

villa de San José de Gualeguaychú, que don Tomás de Rocamora pusiera en orden por 1783.

 

“De sol a sol” era la rutina diaria. En pobres ranchos con pobre gente, en calles polvorientas o fangosas, transcurría la vida de los pobladores de estancia permanente o de circunstancial estada. Cualquier actividad, de la índole que fuera, rendía sus mejores frutos a la luz del adorado sol que ponía luz en la acción y en el espíritu. Al caer la tarde, la penumbra avanzaba lentamente hasta cubrir con un manto oscuro las escasas cuadras en que se aglutinaban las familias hacia el este, junto al río.

 

Tenebroso panorama que obligaba a recluirse al calor de algún brasero encendido en invierno o de una vela conseguida al azar en alguna de las seis pulperías que existían en el pueblo.

 

 

 

Se estima que las velas aparecieron alrededor del 3.000 AC. Fabricadas con cera por los árabes y traídas a Europa por los venecianos hacia el siglo VII, alcanzaron su máxima expresión hacia el siglo XVIII, circunstancia que no escapó a su uso en el desarrollo de las poblaciones americanas.

 

Al principio la iluminación era muy rústica: trapos retorcidos empapados en aceite de potro o grasa vacuna eran colocados en improvisados recipientes de metal, encendiéndose la punta que apenas alcanzaba a iluminar el recinto. En la sesión del Cabildo del diecinueve de setiembre de 1794, se resolvió para la festividad de Nuestra Señora del Rosario (“que se celebra en la primera domínica de octubre”) que se hiciera la limosna correspondiente a todo el partido y que se invirtiera en cera, misa y sermón. Se comenzaba con una novena en el templo “que se adornaba con muchas velas y palmas de flores artificiales.”

 

Con el tiempo, los escasos artesanos que se arrimaban a la villa pudieron dar forma a nuevos aparatos que servían de soporte a las velas. Candelabros o candeleros “alojaban” la vela o candela, dándole un aspecto más elegante y seguro. Hacia el interior de las viviendas era un recurso necesario y bien cuidado pues, a la menor distracción, podía producir una catástrofe por la fácil combustión del material del rancho de adobe y paja.

 

Afuera… la luna y las estrellas brillantes dejaban al descubierto el villorrio. Difícil que alguien se aventurara por las tenebrosas calles, tal vez preocupado por la “luz mala”, con arraigo en la creencia popular. Las pulperías debían permanecer cerradas “al caer la noche”, por orden del cabildo. Se evitaba así el consumo de anís, ron o ginebra que embriagaba los espíritus y propendía a los excesos en la conducta. “Gualeguaychú se iluminó al principio con candiles y luego faroles en sus calles, alimentados con aceite de potro. La autoridad del pueblo determinaba el circuito a alumbrar, al igual que las plazas.”

 

 

Un nuevo personaje pasaría a formar parte de la vida cotidiana: el farolero. Con su escalera al hombro, mecha encendida y al trote, iba prendiendo los faroles ubicados estratégicamente en algunas esquinas. Algunos niños traviesos se ocupaban de apagarlos cuando la autoridad escapaba a su vista, tarea que no era única, ya que en el puerto hurtaban rollos de pabilo para improvisar una pelota.

 

El sebo se traía generalmente de Europa, pues, si bien aquí no escaseaba, su uso era preferido para fabricar jabón. Aún se conservan en algunos museos tubos de latón en serie, con los que se fabricaban las velas.

 

Las construcciones de ladrillos, más sólidas y seguras, empezaron a contar con artefactos para la iluminación más rebuscados, como los elegantes quinqués, lámparas de aceite con un tubo de vidrio. Los artesanos residentes daban delicadas formas al metal, aunque algunos venían en las bodegas de los barcos junto con muebles, vajillas, telas, que poco a poco fueron cambiando la fisonomía de las viviendas tanto hacia afuera como hacia adentro.

 

Finas mesas de madera buena con mármol blanco servían de apoyo a los delicados candelabros y era costumbre, en familias de mayores recursos económicos, contar con ellos en cada una de las habitaciones. En las tertulias —reuniones en casa de familia para conversar— se servía mate, aunque fuera de noche, y también chocolate. Se pasaba de la penumbra de la habitación a la oscuridad reinante en las calles silenciosas. Muchas veces, un negrito portaba un farol en su mano, precediendo el paso de sus amos.

 

 

 

Cuando Gualeguaychú fue elevada a la categoría de ciudad por un decreto del general Urquiza en 1851, adquirió nueva fisonomía en algunos aspectos. Se puso nombre a las calles, se mejoraron algunos edificios públicos y se construyeron otros, como la Comandancia, la Escuela Pública, la Capitanía del Puerto, el Cementerio del oeste, el teatro 1º de Mayo y el Hospital Militar, entre otros. Desde el 1º de marzo de 1849 circulaba el primer periódico por iniciativa de don Isidoro de María, “El Progreso de Entre-Ríos”, recurso importantísimo como fuente documental de la época.

 

Las actividades se organizaban durante el día, ya fueran representaciones teatrales, kermeses, domas, carreras, desfiles, procesiones; y si se prolongaban hasta que caía la noche, era porque se esperaban los fuegos artificiales. Eran muy frecuentes y producían un efecto luminoso y sonoro para el asombro; de otra forma era imposible obtener una fogosidad tan imponente que cortara la oscuridad, aunque sumamente peligrosos, sobre todo cuando “aterrizaban” en los techos de paja. Las fogatas de San Juan también “encendían” la noche.

 

Para 1853 se comenzó a fabricar, en el saladero de Juan Iriarte (Juan Grande) a orillas del Gualeguaychú, la vela en gran escala. José Benítez, fuerte financista asociado a Iriarte desde hacía más de diez años, había comprado los elementos de grasería de Juan Landereche y siguieron la explotación con máquina de vapor y prensa para obtención de grasa al sur de la villa. Enterado Urquiza, Director Provisorio de la Confederación Argentina, solicitó al jefe de Policía Rafael Furque que informara si la nueva fábrica perjudicaba la producción de velas caseras con las que muchos pobres se beneficiaban. En cumplimiento de la nueva constitución que propiciaba la instalación de toda industria lícita, la fábrica de Iriarte debió registrar su patente.

 

 

 

Las herramientas utilizadas eran ruedas, tachos, hornos, moldes de plomo o estaño, bancos para cortar pabilo, tendales para colgar velas. Al principio, éstas eran negruzcas y poco consistentes “que abrumaban más de lo que iluminaban”. Tan era así que en el teatro se prohibió fumar, ya que se enrarecía más el ambiente, de por sí alterado por la mala combustión de las velas y faroles.

 

Para asegurar el encendido, el vapor “Courriere” trajo de Hamburgo, entre otras mercaderías, 44 cajones de fósforos.

 

Había que engalanar la Comandancia para el 8 de octubre de 1858, a fin de conmemorar un nuevo aniversario del combate de El Pantanoso. Magnífica fue la iluminación dentro y fuera del edificio; para dar más realce al festejo, la Filarmónica Italiana, dirigida por el maestro Luis Giuffra, ejecutó un selecto repertorio. El público, como pocas veces, pudo gozar del maravilloso espectáculo de 20 horas hasta la medianoche.

 

En 1863, al inaugurarse el pequeño muelle de piedra, por iniciativa del capitán del puerto don Mariano Manzano, los franceses José Lefevre y Augusto Poitevin -fabricante de bombas, cohetes y luces de bengala- donaron el primer farol a kerosene que hubo en la ciudad y que fue emplazado en un extremo del mismo. Este nuevo producto, importado de Estados Unidos, mejoraría las condiciones de la iluminación de las calles.

 

Es importante destacar que los distintos elementos utilizados en la iluminación, ya fueran candiles con grasa de potro, velas, faroles a kerosene, a gas y por último, la electricidad, convivieron durante muchos años, debido a que las innovaciones solo se aplicaban en el radio céntrico de la ciudad y muchas veces demoraba años en extenderse al resto de los barrios. Prueba de ello, es que en 1872 los hermanos José y David Puccio, se instalaron con una fábrica de jabones y de velas en Calá y Comercio- hoy 3 de Caballería y Mitre- industria que permaneció por muchos años. Se vendían en casi toda la provincia de Entre Ríos. La competencia de industrias mejoradas, obligó a su cierre, aunque en la memoria popular quedó la frase “Se fue apagando como las velas de Puccio”, cuando alguien sufría una muerte lenta. Doña Adela R. de Riviere tenía su pequeña empresa casera de fabricación de velas.

 

 

 

 

 

Según un edicto municipal de 1875, durante la intendencia de don Clemente Basavilbaso, el llamado a licitación para mejorar el servicio de alumbrado a querosén en las calles, lo ganó el señor Bernardo Echivert, quién se comprometió a fabricar cien faroles nuevos con sus soportes acorde con el modelo exigido por la municipalidad y a arreglar los que se encontraban deteriorados. Al año siguiente, se organizó el primer corso. “El balde de agua, la bomba de papel, la cáscara de huevo no tendrá rol que jugar, serán remplazados por las flores, los cartuchos de confites, los obsequios diversos y variados de la fiesta.”

 

Para dar más esplendor a la fiesta, se invitaba a los vecinos a adornar el frente de sus casas y a iluminarlas por la noche. Materia prima no faltaba, pues en el vapor oriental “Antonito” habían entrado diez cajones de aceite y treinta cajones de kerosene.

 

Así llegó Gualeguaychú a los umbrales de una nueva era. Los candiles de grasa de potro, las velas negruzcas que abrumaban más de lo que iluminaban, el farolero al trote con su escalera al hombro: todo eso había sido el precio de la noche durante décadas. El kerosene era apenas el primer anuncio de que la oscuridad tenía los días contados. Pronto vendría el gas. Y después, la electricidad.

 

 

*Magnasco Complejo Cultural

Seguí las noticias de Diarioelargentino.com en Google News Seguinos en Google News

Comentarios

Tu comentario ha sido enviado, el mismo se encuentra pendiente de aprobación... [X]
Avatar
600
Avatar
ver más
El comentario se encuentra deshabilitado

Denunciar comentario

Spam o contenido comercial no deseado Incitación al odio o a la violencia, o violencia gráfica Acoso o bullying Información errónea
Cancelar Denunciar
Reportar Responder
Tu comentario ha sido enviado, el mismo se encuentra pendiente de aprobación... [X]
Avatar
600
respuestas
Ver más respuestas
Ver más comentarios
IMPORTANTE: Los comentarios publicados son exclusiva responsabilidad de sus autores Diarioelargentino.com se reserva el derecho de eliminar aquellos comentarios injuriantes o discriminadores.

Teclas de acceso