Por Milagros Martinez Garbino
Convivir con inflación y devaluación nos obligó, con el tiempo, a desarrollar estrategias para preservar nuestro patrimonio. Una de las más extendidas fue la de resguardar los ahorros de mediano y largo plazo en dólares. Esa decisión funcionó como escudo frente a los dos riesgos históricos de la economía argentina: la pérdida de valor de la moneda local y la volatilidad cambiaria.
Pero el escenario internacional cambió, y esa estrategia, que fue efectiva frente a los riesgos locales, hoy enfrenta desafíos propios.
El primero es la inflación dentro de la propia economía americana. Estados Unidos no ha logrado volver al objetivo del 2% anual que se fijó la Reserva Federal desde la salida de la pandemia. Ese desafío se agudizó en los últimos meses con el impacto del conflicto en Oriente Medio sobre los precios de la energía, llevando la inflación al 3,8% interanual en abril de 2026, el nivel más alto desde mayo de 2023. Esto significa que los ahorros en dólares que no están invertidos en algún instrumento que rinda por encima de esa inflación pierden valor en términos reales, año a año.
El segundo desafío es la depreciación del dólar frente a otras monedas fuertes del mundo. El índice DXY, que mide el valor del dólar frente a una canasta de monedas como el euro, el yen y el franco suizo, cayó casi un 10% durante 2025. El dólar, que históricamente funcionó como refugio global, viene perdiendo terreno frente a otras monedas consideradas igualmente sólidas.
Esto no invalida la estrategia de ahorrar en moneda dura. La lógica sigue siendo válida. Lo que cambió es que hoy no alcanza con estar en dólares: hace falta pensar en qué se hace con esos dólares.
La diferencia es concreta. Si la inflación en Estados Unidos está en 3,8% anual y tu dinero está quieto, perdés ese 3,8% en términos reales. Si en cambio lo invertís en un instrumento de renta fija que rinde alrededor del 7% anual en dólares, no solo cubrís esa inflación: le ganás aproximadamente un 3% neto en moneda dura. Como toda inversión, implica decisiones y riesgos a evaluar. Pero el punto es claro: el dinero quieto también tiene su propio riesgo, solo que más silencioso.
Diversificar el patrimonio hacia activos que rindan por encima de la inflación americana, que operen en distintos mercados o que estén denominados en distintas monedas, es la evolución natural de una estrategia que ya demostró ser efectiva. No es empezar de cero. Es dar el siguiente paso.
El desafío ya no es solo protegerse de los riesgos locales. Es proteger el patrimonio en un mundo volátil.