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#VaDeLibros – Sur, paredón y después…

A cincuenta años del golpe de Estado de 1976, la Argentina sigue discutiendo no solo qué ocurrió, sino cómo interpretarlo. El paso del tiempo no trae automáticamente ni olvido, ni perdón, ni verdad. Por el contrario, las conmemoraciones echan leña a la hoguera de los usos políticos de la historia.

Martes, 24 de Marzo de 2026, 9:07

Por Yanina Welp

En ese contexto se inscribe Golpe militar y dictadura en Argentina (1976–1983). Sur, paredón y después…, de Carlos Malamud (Ediciones Catarata, 2026).

 

El libro ofrece una reconstrucción amplia y ordenada del período. A lo largo de trece capítulos, Malamud recorre el contexto histórico, los principales actores y una diversidad de dimensiones —la economía, el fútbol, la guerra de Malvinas— que permiten comprender la complejidad del proceso. El resultado es una panorámica accesible tanto para lectores no especializados como para quienes buscan revisar críticamente interpretaciones consolidadas.

 

Uno de los méritos de la obra es moverse con solvencia en un terreno delicado: el cruce entre memoria, historia y usos políticos del pasado. En ese sentido, el aporte de Malamud no es solo descriptivo, sino también interpretativo: desarma lecturas simplificadoras. A continuación, me detengo en algunos.

 

La influencia externa. La revolución cubana pesaba en los imaginarios de la época y funcionó como referencia para algunos grupos armados argentinos. En ese marco, el golpe debe inscribirse en la lógica más amplia de la Guerra Fría. No obstante, Malamud relativiza el papel de Estados Unidos en el caso argentino, señalando que su apoyo e intervención fueron menores que en otros países de la región, como Chile. Esta lectura matiza una narrativa extendida y obliga a pensar el caso argentino también desde sus dinámicas internas.

 

 

 

 

 

La excepcionalidad del golpe. El del 76 fue uno más en una larga serie de interrupciones militares del orden constitucional durante el siglo XX argentino. Sin embargo, también presentó rasgos distintivos. Por un lado, la escala y sistematicidad de la violencia estatal; por otro, la intención de establecer un régimen colegiado que permitiera gestionar las tensiones internas entre las Fuerzas Armadas (a diferencia de lo que ocurrió en Chile bajo el férreo liderazgo de Pinochet).

Como señala el autor, el único acuerdo sólido en los primeros años de la dictadura fue el objetivo y los métodos de combate a las organizaciones armadas (destruirlos a cualquier precio) , que ya se encontraban en declive al momento de la interrupción constitucional.

 

El plan del ‘Proceso’. El golpe fue acompañado de un sentimiento mesiánico que buscaba cambiar de forma irreversible la economía, el sistema institucional, la educación, la cultura y la estructura social, junto a partidos políticos y sindicatos. Nada de eso funcionó. Divisiones internas, diferencias de visión y cálculos equivocados, y también el hecho de que los militares privilegiaran su propia supervivencia y los objetivos políticos por sobre los económicos condujo a la catástrofe de Malvinas, la crisis económica, el enorme endeudamiento del estado y, al fin, el vacío de poder que abrió una nueva oportunidad para la democracia.

 

La violencia. Un tema sensible es el del origen, la temporalidad y el tipo de violencia. Aquí el libro se adentra en un terreno controvertido, donde se cruzan debates históricos, jurídicos y políticos. Por un lado, persisten sectores que reivindican a organizaciones armadas como Montoneros o el ERP; por otro, han ganado visibilidad —aunque sigan siendo minoritarios— discursos que justifican la llamada “guerra antisubversiva”. Frente a estas posiciones, Malamud propone una lectura que evita tanto la idealización como la equiparación: sin héroes, pero con villanos.

 

 

 

 

 

 

 

El peronismo. En este punto, el libro también abre interrogantes incómodos. Entre ellos, el papel del peronismo en el inicio de la violencia paraestatal. Bajo el gobierno de Perón comenzó a actuar la Triple A, y la pregunta sobre su grado de responsabilidad –si fue una estrategia deliberada o una dinámica tolerada bajo la influencia de López Rega– sigue siendo objeto de debate (p. 48).

 

La democracia. Otro aspecto que destaca es la constatación de la escasa defensa de la democracia en el período previo al golpe. Lejos de ser una sorpresa, la irrupción militar era esperada. Distintos actores, incluidos sectores de las propias organizaciones armadas, anticipaban el golpe como una oportunidad para reconfigurar el escenario político. Para Montoneros y el ERP el nuevo contexto podría habilitar una “guerra civil abierta” y un salto cualitativo en la lucha revolucionaria (p. 41). Esta mirada obliga a revisar retrospectivamente la debilidad de la cultura democrática en ese momento.

 

La verdad y el relato. Malamud también aborda las narrativas que más controversia han generado en la Argentina contemporánea, como la “teoría de los dos demonios” y la cifra de desaparecidos. El informe Nunca Más (1984), elaborado por la CONADEP por encargo del presidente Raúl Alfonsín, reconocía tanto la violencia de las organizaciones armadas como la violencia represiva, “infinitamente peor”, ejercida por el Estado. Sin embargo, esa formulación fue pronto cuestionada por sectores que la interpretaron como una equiparación inaceptable.

 

 

 

 

 

 

Con el tiempo, estas disputas se profundizaron. En 2004, el gobierno de Néstor Kirchner impulsó una reescritura del prólogo del Nunca Más, proponiendo un encuadre diferente: una confrontación entre proyectos de país, donde de un lado se ubicaban los “héroes” y del otro los responsables de un plan represivo vinculado a intereses más amplios. Malamud reconstruye estas tensiones sin eludir su carga política, mostrando cómo el pasado sigue siendo un campo de batalla simbólico, ahora reeditado por el gobierno de Javier Milei y su slogan de “Memoria, verdad y justicia completa”.

 

A cincuenta años del golpe, no hay dudas sobre un punto: “Los jefes de la dictadura más sangrienta que conoció el país tuvieron la capacidad de destruir cuanto se puso a su alcance, pero fueron incapaces de construir nada nuevo en su lugar” (p. 15). Por eso el lema de 1983 —Nunca Más— sigue vigente. Pero no como un consenso definitivo, sino como un principio que debe ser defendido, reinterpretado y, sobre todo, sostenido frente a nuevas disputas sobre el pasado y el presente. En ese terreno, la obra de Carlos Malamud ofrece una contribución valiosa: no clausura el debate, pero sí lo vuelve más exigente.

 

*(Geneva Graduate Institute y Red de Politólogas)

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