Por Leticia Mascheroni
Un antiguo piano de madera, con teclas gastadas por el uso y el tiempo, recibe al visitante como si aún esperara a su intérprete. A su alrededor, la Sala de Música del Magnasco Complejo Cultural despliega una colección que invita a descubrir el pasado sonoro de la comunidad. Es un espacio dedicado a la preservación y difusión del patrimonio musical. Reúne instrumentos, partituras, álbumes, fotos y objetos, que testimonian la evolución de la práctica musical, al mismo tiempo que rescata la labor de músicos, ebanistas y luthiers, que conformaron la pléyade creativa de Gualeguaychú.
Al acceder a la sala, se puede observar el retrato de una niña-prodigio: María Luisa Guerra. Desde su infancia, demostró grandes condiciones para tocar el piano, guiada por su profesora Elisa Ridlley de Gastrell, cuyo retrato y piano vertical inglés Broadwood & Sons del siglo XVIII enriquecen el patrimonio del lugar. Su perfeccionamiento en Europa, hicieron que María Luisa se convirtiera en una eximia concertista, contratada por reyes, príncipes y particulares para que amenizara sus tertulias.
Otro intérprete que engalana el lugar es Eugenio Julián Soto, un correntino que recaló por estos lares interpretando el trombón y el violoncelo, instrumento que se conserva en una vitrina y que encierra el valor de haber dado dos veces la vuelta al mundo en la Fragata Sarmiento, cuando su dueño integraba la Orquesta de Cámara.
La sala también dedica un espacio al reconocido ebanista local: José Enrique Molinari. Como luthier, fabricó guitarras, violines, violas y mandolinas, que proveía a la prestigiosa “Casa América” de Buenos Aires. Premiado en numerosas exposiciones, su mayor galardón lo recibió en la Exposición de violines y mandolinas, realizada en Columbia, Estados Unidos en 1892, en conmemoración del cuarto centenario del descubrimiento de América.
Otro músico y luthier que se destaca es Antonio Aníbal Smarrito. Aunque no era oriundo de Gualeguaychú, vino siendo niño a radicarse en la ciudad. Su pasión por la música, su jocosidad y espíritu creativo han quedado en la memoria de los que pudieron apreciar su obra. Se exhiben sus originales instrumentos a los que les daba un nombre gracioso, identificado con su diseño: “Violín cacerola y arco tenedor”, “Violín escobón” y “Viola d’ pesca”, entre otros, a los que hacía sonar con maestría.
Un rinconcito sorprende con un creador, intérprete y trotamundos: Pipo Pescador. Su boina, su verdulera “Cirila”, sus trajes de luces y muchísimos elementos que lo acompañaron en su trayectoria artística se conservan en custodia en el Instituto.
Un instrumento que se puede apreciar en el recorrido es un Armonio alemán marca “Manderburg”, que compró Camila Nievas en la casa de Enrique Vercelli, con un teclado y sistema neumático de pedal. En otro rincón se encuentra un Órgano a cilindro, fabricado por “La Salvia Hermanos” en Buenos Aires, que perteneció al presbítero Juan Carlos Borques.
También deslumbra por su buen estado de conservación, el piano francés Boisselot & Fils, que perteneció a Juana Siboldi de Franchini y su similar, el piano alemán Rud Ibach Sohn, donado por Ana Simón de Darchez.
No escapa a la curiosidad, el piano mudo para estudio, donado por Mevia Vieyra Rossi, como así también el piano vertical alemán Rosenkranz Goldene Medaille, con máquina cerrada de cuerdas rectas y clavijas de madera, que perteneció a la familia del coronel Eduardo Villagra.
Una cítara de origen francés, que perteneció a Alfredo Bustelo, llama la atención por sus incrustaciones en nácar, como no pasa desapercibido el gramófono de bolsillo o portátil de origen suizo, Paillard A. G. S. T. croix, donado por Malena Morrog Bernard de Goldaracena. Uno similar llevó José María Sobral en su expedición a la Antártida.
La dirección de la orquesta del Teatro Colón contó con la batuta de marfil y ébano, que perteneció al director y compositor Juan José Castro. Descansa en una vitrina, en reposo, como esperando dar vueltas en el aire para despertar sonidos.
El metrónomo que perteneció al presbítero Desiderio Moia, fundador del coro “Santa Cecilia”, del cual se exhiben recortes periodísticos, fotografías, programas y comentarios, contenidos en un álbum donado por Raquel Galli de Landaburo que abarca el período entre 1931 y 1961.
En una apreciación visual por la vitrina que cobija los violines, se aprecia un Amati (circa 1646), un nombre de gran relevancia histórica, asociado a la legendaria familia de fabricantes de Cremona, Italia, que perteneció a Héctor Mari y cuya autenticidad está en proceso de estudio, al igual que un Stradivarius (circa 1723) que fue de Matilde Marchini de Muñoz; pero también hay uno fabricado por Enrique Molinari en 1937 y que perteneció a Antonio Smarrito.
Los gobelinos y sillones franceses que se pueden apreciar en las paredes pertenecían a la residencia de la familia De Deken Irazusta. Vitrolas, ocarinas y rollos de música para pianolas cierran el circuito.
Este conjunto de piezas no es sólo una exhibición de objetos inertes, sino un testimonio vivo de la identidad cultural de Gualeguaychú. Al recorrer estas vitrinas, el silencio de la sala se vuelve elocuente, permitiendo que cada instrumento cuente su propia historia y rinda homenaje a quienes, con sus manos y su ingenio, elevaron el arte local a escenarios del mundo. En este rincón de preservación, el eco del pasado se mantiene intacto y los duendes de la música seguirán revoloteando a la espera de curiosos visitantes.