Redacción EL ARGENTINO
Entran a la Plaza de Mayo una mujer que se tatuó “Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota” en la cabeza, un pibe de 15 años que se rateó de la escuela y vino desde Pacheco, una nena de 2 que aplaude a cococho se su papá, un vendedor de turrones con la mercadería sobre el hombro y la tristeza en todo el cuerpo, y tres sesentonas que compraron ropa importada en Florida y ahora cantan y lloran.
Ninguno sabe del todo quién organizó esta despedida, pero todos saben las canciones que canta el hombre del falsete que sale por los parlantes y está en las remeras y en los corazones de los que se van amuchando para decir adiós.
El Indio ha muerto y acá, en el corazón cívico de la Argentina y en la ciudad en la que el frontman redondo tocó por última vez en el año 2000, nadie espera ningún anuncio formal para empezar a despedirse. Hay llanto, pogo, fernet, abrazos y en el aire suenan algunos de los versos más inolvidables de la música de este país. Sobre el piso de la Plaza, un artista dibuja con tiza a Solari y escribe una de esas líneas: “Donde hay dolor, habrá canciones”.