Política OPINIÓN

Hubrispia: el sesgo que también está deformando la política

La soberbia y la irresponsabilidad con que algunos actores políticos hacen cálculos infundados merecen una palabra propia en el diccionario. Propongo una hubrispia. Se trata de una combinación de arrogancia y miopía que lleva a confundir el control percibido con el control real del tablero político.

Sábado, 27 de Junio de 2026, 6:19

Por Yanina Welp

El 21 de junio fue la hora de Colombia. En una elección de vértigo, Abelardo de la Espriella —autodenominado “el tigre”, admirador de Milei, sin experiencia política y sin un partido estructurado— se impuso a Iván Cepeda, del Pacto Histórico, quien podría haber tenido un mejor desempeño si el presidente Gustavo Petro no hubiera insistido en convertir el comicio en un plebiscito sobre su propia figura. En cualquier caso, el resultado fue estrecho y dejó un país dividido territorialmente, pero sobre todo en términos afectivos. Las consecuencias de este escenario son múltiples y no se limitan a Colombia. Un patrón similar pudo observarse en Perú poco antes.

 

La polarización afectiva y el creciente malestar con la política están cambiando de forma silenciosa pero profunda quién entra, quién se queda y quién se va de la política profesional. No es solo una cuestión de estilos o de discursos duros, de agresiones, ofensas y mentiras (lo que ya es mucho decir). También está en juego algo menos visible: la composición misma de quienes deciden hacer de la política una carrera. En este nuevo contexto, la política deja de ser un espacio más o menos regulado y previsible para convertirse en un entorno incierto, de alta exposición, baja protección institucional y costos personales crecientes. El resultado es una selección adversa: tienden a quedarse o a entrar quienes toleran mejor el conflicto, la exposición permanente y la personalización extrema, mientras que otros perfiles se autoexcluyen o abandonan.

 

 

Este cambio se entiende mejor si se observa el ecosistema en el que hoy se hace política profesional. La comunicación política se ha desplazado hacia una economía de la atención donde lo que cuenta no es tanto la complejidad de las ideas como su capacidad de generar impacto inmediato. Las redes sociales, la fragmentación mediática y la lógica de la viralidad han intensificado la personalización y han debilitado a los partidos como intermediarios. Competir políticamente implica competir por visibilidad constante, muchas veces a costa de las mínimas reglas de la educación y la convivencia. La polarización afectiva actúa como un amplificador: si el que modera no llama la atención, la confrontación se vuelve rentable.

 

A esto se suma la transformación de los sistemas de partidos, que han perdido capacidad de filtro y de protección. Allí donde antes los partidos ordenaban carreras, seleccionaban perfiles y amortiguaban los costos de la exposición pública, hoy predominan estructuras más débiles, más volátiles o directamente personalistas (como ocurrió con de la Espriella en Colombia y antes con Milei en Argentina, que se lanzaron a la política sin partidos). Esto abre la puerta a outsiders y liderazgos no convencionales que tienden a ser hiperpersonalistas y toman sus decisiones solos.

 

Si el prestigio de hacer política es bajo, la hostilidad alta y la frontera entre lo público y lo privado cada vez más difusa, ¿quién querrá involucrarse? No sorprende que muchos perfiles potenciales decidan no entrar o salir antes de consolidarse. La política se convierte en un filtro duro que no solo selecciona capacidades, sino también disposiciones psicológicas y emocionales específicas.

 

 

 

El caso francés ilustra bien la combinación de fenómenos descritos en el artículo. En las elecciones locales de marzo de 2026, más de dos tercios de los municipios presentaron una única lista de candidatos, y en decenas de ellos no hubo ni siquiera postulaciones. Las dimisiones de alcaldes y autoridades locales, muchas de ellas asociadas a episodios de violencia simbólica, acoso digital y desgaste personal, refuerzan esta tendencia. Mientras tanto, en las grandes ciudades como París, Marsella o Lyon, donde la competencia es más intensa y mediatizada, se observa el efecto inverso: mayor polarización y una creciente presencia de perfiles más confrontativos y visibles. Francia muestra así, en distintos niveles territoriales, la lógica de selección adversa que describimos aquí: la política se vacía en algunos espacios y se radicaliza en otros, configurando un entorno que favorece la entrada o permanencia de perfiles con mayor tolerancia al conflicto y menor aversión a la exposición, a costa de una creciente erosión de la diversidad representativa.

 

A esta dinámica se suma una consecuencia menos visible pero igualmente relevante: quienes permanecen en la política tienden a desarrollar lo que aquí propongo llamar hubrispia, una combinación de arrogancia y miopía. Arrogancia, porque la exposición constante, la lógica del liderazgo personalizado y la validación selectiva de los entornos políticos alimentan una sobreconfianza en las propias capacidades y diagnósticos. Y miopía, porque el ritmo acelerado de la competencia política, la presión comunicacional permanente y la lógica del corto plazo reducen la capacidad de percibir efectos no inmediatos, costos difusos o señales de desgaste institucional.

 

 

 

¿Será la inexplicable permanencia de Manuel Adorni en la Jefatura de Gabinete uno de sus efectos más visibles en Argentina? La continuidad de Adorni, pese a semanas de exposición pública por inconsistencias patrimoniales, dejó expuestas contradicciones e inconsistencias que ponen en cuestión la veracidad de sus dichos y erosionan su credibilidad política. Pese al rechazo generalizado, el Presidente lo sigue sosteniendo.

 

La hubrispia no es un rasgo individual aislado, sino un efecto sistémico. Surge cuando la política deja de ofrecer mecanismos de corrección, reflexión y desaceleración propios de la deliberación democrática. Cuando la política deja de corregir a quienes la ejercen, empieza a deformarlos.

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