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Se llama Delia Irene Martinelli de Bacigalupo, pero todo el mundo la conoce como “Lela”. Nació el 24 de febrero de 1930, tiene 81 años de edad y una energía que le impide estar quieta.
Hija de Roque Martinelli y María Teresa Pombo de Martinelli, es la mayor de cuatro hermanos. Su vida ha sido la docencia y fundamentalmente estar al lado del desprotegido, del que necesita ánimo para demostrarse que puede salir adelante. Su labor ha sido una constante promoción de la persona en forma integral, pero teniendo a la educación como el único camino para el desarrollo y la calidad de vida.
Su paso por la escuela de sus primeras letras. “La escuela de chapa de cinc de Pehuajó Sur”, como ella misma la describe, la marcó para siempre. Fue la escuela donde comenzó la primaria y donde llegó con el título de maestra. Sus otras obras, son también amores imposibles de olvidar: la escuela Rosendo Fraga, cuando el bulevar Montana quedaba al final de la ciudad y la Guardería Nazareth: “un centro extraordinario para la formación de los chicos que menos tienen, pero fundamentalmente fue y es una obra de amor”, como ella misma lo define con una voz que anticipa la lágrima que le inunda la mirada.
Lela recibió a EL ARGENTINO en la mañana del miércoles. Habló de sus años como maestra, pero también de sus actuales días junto a los adolescentes, especialmente de aquellos que necesitan y quieren aprender un oficio para no volver a la calle.
Incansable, gestionadora, agradecida, siempre tendrá una palabra para que nadie se quede empantanado en la imposibilidad. “Querer es poder y siempre otra realidad es posible”, dice con la comprobación de una vida de testimonio. “Si alguien puede hacer algo por el otro, pues que no demore esa ayuda”, invitará con el corazón en la mano y una emoción que le hace temblar la voz.
-¿En qué escuela hizo la primera?
-En primer lugar quiero agradecer a todas las personas que me han ayudado y estimulado para hacer lo que hice en la vida. Preguntarme dónde hice la escuela primaria me emociona hondamente, porque la hice en la Escuela Nº 14, ubicada en Pehuajó Sur, que era de lata tanto en sus paredes como en sus techos. Y me emociona la pregunta porque allí abrigué el gran sueño de ser maestra. En aquella época, que una mujer se atreviera a estudiar o a soñar con progresar a través de la educación no era común, y mucho menos para una niña de un medio rural que pensara en ser maestra.
-Habrá sido importante la escuela 14…
-Es que en mi época la escuela era una referencia importante en la vida, como la familia. Allí cursé hasta tercer grado, porque mis padres se trasladaron de Pehuajó Sur a la ciudad, justamente porque las escuelas de campo tenían hasta tercer o cuarto grado. Esa escuela fue maravillosa y guardo, atesoro grandes recuerdos que aún hoy me llenan de emoción y me gratifican. Mi maestra de primer grado era la señorita María Cerrutti. La escuela era toda de chapa de cinc, tanto en sus paredes como en el techo.
-Se quedó pensando…
-Es que me acuerdo de tantas cosas. En la Escuela 14 estaba como presidente de la cooperadora don Antonio Carreras. Y cuando ingresé a primer grado, me regaló un perrito. Pasan los años, nos trasladamos a la ciudad y termino la primaria en la Escuela Rawson. Mire, en la Rawson, cursando la primaria aprendí a sacar la raíz cuadrada, que luego como maestra se la tuve que enseñar a alumnos que estaban terminado la secundaria. Ese ejemplo habla de cómo en algunos aspectos hemos retrocedido en materia de calidad de educación. Luego estudio en la Escuela Normal Olegario Víctor Andrade (Enova) y me recibo en 1951 de maestra normal nacional, bachiller y maestra de religión. Este último título me ha servido de mucho en la vida, porque la educación sin los valores espirituales deja de ser educación y es cuando mucho una instrucción. Es sabido que la educación comienza en casa y la escuela la completa y auxilia a los padres; pero el sentido religioso afianza los valores. No es casual la pobreza que experimentamos en la actualidad.
-¿Y como maestra cuál fue su primera escuela?
-La misma en la que cursé la primaria. Fui maestra en la Escuela Nº 14 y otra vez me recibió don Antonio Carreras, el que me había regalado el perrito en primer grado. Cuento este ejemplo para observar la constancia y el compromiso inquebrantable que asumían las personas en ese entonces. Recuerdo que muchas familias de origen agrario como Marchesini, Benetti, Carreras, Ferrari, Níssero, entre otros, colaboraban mucho con la escuela. Pero, había cerca de la escuela una calle con un grupo de familias que realmente tenían muchas necesidades y le decían en la zona “El Pueblito”. Había muchas necesidades, pero desde la cooperadora se ayudaba no sólo a la escuela sino a toda la comunidad.
-Hasta cuándo se queda en esa escuela.
-Allí enseño hasta 1956, que me trasladan a la Escuela Rosendo Fraga. Pero quiero decir algo más antes de pasar a la Rosendo Fraga: mientras estuve en la Escuela Nº 14, tuve en los últimos años a cargo de los dos turnos.
-Era personal único, directora y maestra…
-Sí, pero en primer lugar era ordenanza, porque antes de empezar el día escolar, la escuela tenía que estar bien limpia y digna para recibir a sus alumnos. Era una época difícil, llena de necesidades y limitaciones, pero trabajábamos con mucha alegría. En esos años nunca me faltó el Fluido Manchester (no existía el aerosol) y fue mi mejor aliado para la higiene de la escuela. Mire, recuerdo que en 1969, don Antonio Carreras seguía colaborando con la Escuela y me invitó a decir unas palabras para las Bodas de Oro en mi doble condición de ex alumna y ex maestra. Fue un acto muy emocionante.
-En 1956 se traslada a la Escuela Rosendo Fraga, en San José y Bulevar Montana. En esos años habrá sido una zona semi urbana…
-Sí. Me atrevería incluso a decir que era más rural que urbana, porque hoy ir y venir es cuestión de minutos; pero antes no digo una odisea pero sí casi una aventura. Mire, Florencia Marrey era la directora y vivía en Rocamora, entre 3 de Caballería y Doello Jurado, e iba en carruaje un lunes y se quedaba en la escuela hasta el viernes. Alguna vez una calle de la ciudad debería llevar su nombre. Cuando llego -en 1956- estaba como directora Nélida Murature y en el mismo año llega María Luisa Cigliutti. Había 91 chicos tan sólo en primer grado y los alumnos fueron distribuidos entre nosotras dos.
-Aunque faltaran varios, siempre el curso era numeroso.
-Sí, pero el mensaje es que jamás se iba a dejar a un chico sin su banco. Aunque sea los acomodábamos de a dos. Nadie podía quedar afuera. Y conste que no existía el Jardín de Infantes y nuestra tarea comenzaba enseñando cómo tomar el lápiz. Terminábamos agotadas, porque incluso a veces aprovechábamos los minutos del recreo para llevar a algún alumno para que practicara tomando la tiza frente al pizarrón. Fuimos maestras, enfermeras, asistentes sociales, psicólogas… de todo. Vacunábamos a domicilio.
-Era la época de la poliomielitis…
-Así es. Fue terrible. Por eso salimos las maestras a vacunar a todo el mundo. Era una tarea sagrada y lo hacíamos con mucho amor y sin quejas porque sabíamos, éramos conscientes que con eso estábamos salvando vidas. Fuimos un grupo de maestras que trabajábamos sin descanso pero siempre con mucha alegría y mucho respeto por nuestros semejantes. Mire lo de la vacuna contra la polio, un simple gesto cotidiano, asumir la tarea a conciencia permitió desterrar esa enfermedad de la Tierra. Es una maravilla cuando cada uno hace lo que tiene que hacer y todos hacen lo mismo. No llevaban a los niños a vacunar, sino que había que ir casa por casa… Luego hicimos la campaña contra la tuberculosis. Es que las maestras hacíamos muchas tareas y recalco: siempre con alegría. Y lo otro distintivo fue el apoyo de los hogares, porque en mi época las maestras eran escuchadas y respetadas por los padres.
-Afrontaban situaciones de toda índole…
-Por supuesto. Problemas de identidad de los alumnos que se inscribían con un apellido y resulta que era otro. Hasta de eso nos ocupábamos. Ante todo la legalidad porque es parte clave del ser en sociedad. Trabajábamos en quermeses, eran famosas nuestras “ravioladas” y éramos las maestras junto con las madres.
-La creciente del 58 las habrá marcado…
-Sí, fue un antes y un después. Vino de golpe porque había llovido mucho en la cuenca del Gualeguaychú. Recuerdo que horas antes de que llegara la creciente, el padre Luis Jeannot Sueyro nos vino a alertar “porque nos íbamos a poner el río de poncho”. Y tuvo razón: nos pusimos el río de poncho. Esa noche, mi marido que estaba en cama con gripe se levantó y me acompañó hasta la escuela. Llegamos hasta el bulevar Montana y nos subimos a una canoa porque era imposible avanzar. En la Escuela nos encontramos con un cuadro muy desproporcionado, imposible de haberlo imaginado. El agua nos rodeaba por todos lados y nos llegaba hasta los tobillos. Alcanzamos a salvar algunos libros colocándolos arriba de la biblioteca y algunas láminas que las apilé arriba de las mesas, sobre las mesas... después el agua se llevó todo. Recién habían empezado las clases y nos habíamos quedado sin nada. A los dos o tres días no podíamos ni siquiera abrir las puertas porque estaban trabadas por los muebles que se habían apilado a raíz de que las aguas habían girado a toda velocidad dentro de las aulas. La creciente subió de golpe porque de los tobillos, el agua nos llegaba hasta arriba de las rodillas. A los ranchos de la zona los arrasó con muebles y todo. Llamamos al personal docente porque teníamos que armar la escuela de nuevo y, por supuesto, estuvieron todas al pie del cañón para poner el hombro. Todas empezamos a sacar de los bancos barros, víboras, de todo. Y la Departamental de Escuelas nos mandó dos carpinteros, lo que da dimensión del desastre que estábamos viviendo. La comunidad se empezó a acercar, porque es una comunidad maravillosa a la hora de ejercer la solidaridad. Recibimos ayuda de todo tipo, nos donaron muchos libros y pudimos armar una biblioteca superior a la que teníamos.
-Con la creciente llegaron a tener más de lo que habían perdido…
-Eso mismo nos decían un poco en chiste, un poco en serio. Pero toda esa colaboración nos levantó el ánimo y nos alentó a seguir luchando. Cuando se pudo comenzamos con las ventas de ravioles, que nos hicimos famosas. La quinta La Mimosa nos donaba de todo y nos quedaba una buena diferencia que nos permitió seguir avanzando. Además, todas las semanas María Luisa “Licha” Cigliutti con Roberto Benítez, que era el presidente de la cooperadora, iban a la empresa Bic y Cristina Limba le entregaba la donación para toda la semana que consistía en dulces o fiambres para la galleta suiza. Y mientras fueron padrinos de la escuela Lalo y Olga Chappe también se vivieron hechos extraordinarios, porque las fiestas Patrias, Día del Niño y todas las festividades las vivíamos como Dios manda. Por eso agradezco mucho a la comunidad de Gualeguaychú, porque siempre es sostenedora para que los sueños se hagan realidad. Lo otro que quiero contar, es que le pedí al entonces intendente Isidoro “Balucho” Etchebarne que pusiera dos columnas del tipo que había en la Avenida Rocamora al frente de la escuela, porque en el invierno andábamos con una linterna en el portafolio. Y me respondió de inmediato con un decreto ordenando toda la iluminación del Bulevar Montana, desde Primera Junta hasta San José. Así se hacían las cosas y se progresaba. Por eso sostengo que querer es poder. Nosotras fuimos felices trabajando.
-Hay que imaginar a los alumnos educándose al calor de ese espíritu…
-Recuerdo que una vez participamos de un concurso de preguntas y respuestas a nivel departamental y obtuvimos los primeros premios. Las preguntas del concurso llegaban desde Paraná a la terminal de ómnibus vieja y las retiraba el doctor Pedro Fusse y la entregaba al coordinador Marcos Aurelio Rodríguez Otero. Recuerdo esto con lágrimas de emoción, porque no teníamos nada de nada: ni escenario, ni micrófonos… nada. Entonces aprovechando los tres escalones del mástil de la Bandera, ensayábamos todos los días con los alumnos para que ellos hablaran en voz alta y clara y fueran superando los nervios. Actuamos en Urdinarrain, Larroque, en Islas, en las Escuelas Rawson y en la Normal, luego en el Teatro con clarines y nos sacamos el primer premio. Participaron Susana Lizzi (tenía diez años), Jorge Del Valle, Jorge Nassif, Pedro Claveo y Jorge Toledo, entre otros. En el último encuentro del concurso, Jorge Del Valle había llegado invicto y no había equivocado una sola pregunta de Geografía, pero para él no había premio. Entonces, el coordinador Rodríguez Otero, en un gesto que siempre lo recuerdo con honra y cariño, sacó de su bolsillo su lapicera Parker y se la entregó. Pasan los años, y Del Valle se me presenta ya adulto y me cuenta que se presentó en Buenos Aires en otro concurso y gana y sintió que podía y logró recibirse de maestro Mayor de Obra y esto es el estímulo. Otro ejemplo, es que cuando veía que un alumno que estaba terminando la primaria podía seguir estudiando, me encargaba de conseguirle una inscripción. Recuerdo que una vez una mamá me cuestionó porque no podía creer que sus dos hijos podían ir a la Escuela Normal. Sus hijos eran excelentes alumnos y era una pena que no pudieran aprovechar esa condición. Y de ahí quedó el lema: “Los mármoles de la Normal son para ricos y pobres”. El asunto es que varios alumnos terminaron estudiando en la Normal, luego fueron colegas míos porque se recibieron de maestros y hoy varios de ellos son directores y supervisores de escuelas. Siempre digo: querer es poder y siempre otra realidad es posible. Si alguien puede hacer algo por el otro, pues que no demore esa ayuda
-¿Su vida también está ligada a la Guardería Nazareth?
-Me jubilo el 30 de julio de 1984 y la Toto Irigoyen me convoca para ser visitadora. Nos habíamos conocido a principios de los años ´70 y construimos una íntima relación. Yo no quería ser visitadora sino apuntalar el proyecto de los chicos hacia el futuro. La Toto estaba en la Parroquia San Francisco para fundar Cáritas y así llegó a La Cuchilla. Fue una de las pocas mujeres que se había recorrido de arriba abajo todas las barriadas. Mi intención en la Guardería era ayudar a los más chiquitos, recordando siempre lo que había sufrido cuando ingresé a primer grado. Por eso me dediqué a los más pequeños en motricidad, en hacerles hablar, justamente para facilitarle el tránsito en primer grado. Porque no es que el chiquito se niegue a ir a la escuela. Lo que ocurre es que al no poder responder a las exigencias de la escuela, se siente mal. Esa es la realidad. Por eso mi intención siempre fue ayudar. La Toto me enseñó cómo manejarse en la enseñanza privada y el Estado y ahí marchamos para adelante. Y así llegamos a la supervisión de privada y logramos que nos designen una maestra jardinera y así nace la Escuela de Nivel Inicial 133, que hoy tiene creo seis secciones de uno a cuatro años. Es una obra extraordinario, porque llegan las chicas con su adolescencia a cuesta y con su bebé y ayudamos a ambos. Y a medida que los chicos van pasando de grado, las maestras van ayudando a esa mamá y así también vamos educando a los hijos y a esas madres.
-¿Cómo definiría a la Guardería Nazareth?
-Es un centro extraordinario para la formación de los chicos que menos tienen, pero fundamentalmente fue y es una obra de amor.
-¿Qué diferencias encuentra entre los adolescentes de antes y los de ahora?
-La gran diferencia es que el adolescente de hoy cuando llega a la secundaria le falta base, pero cuando la termina y debe emprender un estudio superior, también le falta base. Les faltan bases y referencias. Por eso, me dediqué a ellos y empezamos a principios del 2000 el horno Nazareth con mucho éxito. Hacíamos huevos de Pascuas para Semana Santa, tartas, y tuvimos un resultado extraordinario. Luego, pasé al salón municipal y allí es muy importante la colaboración que se recibe de la Junta Vecinal, que sin esos aportes y acompañamiento, todo sería más difícil. Quiero decir, los chicos van a terminar el secundario; se trata de adolescentes que tienen muchas dificultades de todo tipo y por eso es meritorio que empiecen y terminen una etapa. Trabajando con los adolescentes y después de dos o tres años, ellos recién se dan cuenta que tienen derechos y obligaciones y fundamentalmente se dan cuenta que son capaces y que es posible cambiar la realidad con armas nobles. Por eso es fundamental la constancia.
-¿Qué otro tema le preocupa de la adolescencia?
-Una vez que terminan la secundaria, qué hay para ellos. Porque muchos vuelven a la calle. Por eso, ahora fui al Parque Industrial y me he vinculado con el área de Educación de la Corporación del Desarrollo. Ellos tienen la estadística de todas las actividades que se necesitan a nivel de operarios. Por eso ahora hemos creado una tecnicatura, para que después de la secundaria se pueda visualizar un futuro más concreto a través del estudio permanente y la salida laboral. Y así como al Parque Industrial le faltan operarios especializados, desde la Orientación para la Joven nos hemos vinculado con la Corporación del Desarrollo y hemos creado en el Salón Municipal que queda en Belgrano y Jauretche esta alternativa concreta para una vida mejor. Ya empezamos y somos un lindo grupo. Quiero nombrar a Silvia Murillo (materia Castellano) y a Gisella Russo (que dicta clases los sábados). Estoy convencida de que el único camino genuino para el crecimiento es la educación.
Por Nahuel Maciel
Fotografía Ricardo Santellán
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