Por Milagros Martinez Garbino
El riesgo país perforó los 450 puntos básicos y tocó su nivel más bajo en ocho años, después de que la calificadora S&P mejorara la nota de la deuda argentina. Para dimensionarlo: cuando empezó la actual gestión en diciembre de 2023, ese mismo indicador superaba los 1900 puntos. Ahora bien, ¿eso que anuncian como una buena noticia impacta en nuestra vida? Para responderlo, veamos de qué se trata y cómo impacta en la economía del país.
El riesgo país mide cuánto más caro le resulta a un país acceder al crédito en los mercados internacionales con respecto de Estados Unidos, considerado un país libre de riesgo. Es el costo de la mala fama.
Argentina defaulteó nueve veces su deuda a lo largo de su historia. Esa reputación tiene un costo y se refleja en puntos básicos. Con el riesgo país en 1900 puntos, el costo de acceder al crédito para la Argentina rondaba niveles cercanos al 23% anual. Es difícil imaginar que alguien estuviera dispuesto a tomar deuda a esos niveles. Con un riesgo país en 450 puntos, la situación es cualitativamente distinta, aunque todavía estamos lejos de la normalidad. Uruguay y Paraguay suelen moverse en una zona cercana a los 100-200 puntos básicos de riesgo país, mientras que Brasil ronda actualmente los 250 puntos. Perforar los 450 puntos es una mejora importante, pero todavía estamos lejos de los niveles de riesgo de nuestros vecinos.
El riesgo país también funciona como una referencia importante para las empresas argentinas que buscan obtener fondos en el exterior o financiar la compra de maquinaria, productos e insumos importados. Porque una empresa argentina nunca puede endeudarse en el exterior a una tasa mucho mejor que la de su propio país. Por eso, cuando baja el riesgo soberano, también suele bajar el costo de financiamiento del sector privado.
Los países no pagan su deuda: la refinancian
Los países no suelen cancelar toda su deuda cuando vence. En general, refinancian una parte significativa de sus vencimientos. En la jerga financiera la “rollean”: cuando vence el capital de un bono, el Estado emite deuda nueva, con esos fondos paga la deuda vieja y continúa abonando los intereses correspondientes. Esto no es trampa ni un truco contable: es el funcionamiento habitual de las finanzas públicas en buena parte del mundo.
Ahora bien, hay una condición que determina si este mecanismo es sostenible o problemático para el país: la relación entre la tasa de interés a la que se refinancia la deuda y el ritmo de crecimiento de la economía. Si la economía crece más rápido que la tasa de interés que paga por su deuda, el peso relativo de esa deuda tiende a reducirse con el tiempo. Si ocurre lo inverso —tasas altas y crecimiento bajo— la deuda se vuelve cada vez más pesada, aunque se siga pagando. Argentina históricamente ha enfrentado ese segundo escenario, y es uno de los motivos por los que los ciclos de endeudamiento terminaron mal más de una vez.
Hoy Argentina tiene restringido el acceso a los mercados internacionales de crédito. Por eso, cuando vencen obligaciones importantes, muchas veces debe afrontarlas con recursos propios, reservas internacionales o financiamiento de organismos multilaterales. Recuperar la posibilidad de “rollear” parte de esos vencimientos en condiciones razonables sería un cambio significativo.
De dónde salen esos dólares para pagar deuda
Los dólares ingresan a la economía principalmente a través de las exportaciones, la inversión extranjera, el endeudamiento externo (la deuda que el país o los privados toman en el exterior) y otros flujos de capital. Hoy las exportaciones son una fuente central de divisas, impulsadas por sectores como el agro y, cada vez más, la energía a través de Vaca Muerta.
Cuando el Estado debe afrontar pagos de deuda en moneda extranjera, esos dólares pueden provenir de nuevo endeudamiento, de las reservas internacionales o de la compra de divisas en el mercado cambiario.
En una economía con escasez de divisas como la nuestra, cuando el sector público necesita dólares para pagar deuda o recomponer reservas, esos dólares no están disponibles para otros usos. Esto genera una competencia permanente por las divisas entre el Estado, las empresas que necesitan importar, quienes quieren invertir y quienes buscan ahorrar en moneda extranjera. Buena parte de las restricciones cambiarias —el famoso cepo— que marcaron los últimos años tienen su origen en esa tensión.
Cuando el riesgo país baja, aumenta la probabilidad de que ingresen capitales al país, ya sea por inversión directa, financiera o una mayor demanda de activos argentinos. Eso incrementa la oferta de dólares y reduce la presión sobre el tipo de cambio, al menos en el corto plazo.
Menos presión cambiaria significa menos traslado a precios de bienes importados, menor incentivo a la dolarización preventiva y, en un contexto de desinflación como el actual, un canal adicional que refuerza la baja de la inflación. Es el efecto más rápido y tangible para cualquier persona, independientemente de si opera o no en los mercados financieros.
Entonces, ¿nos importa?
Cuando el riesgo país baja y se sostiene en el tiempo, Argentina recupera gradualmente la posibilidad de acceder al financiamiento externo en condiciones más normales. Y esto sí puede generar efectos concretos sobre la economía real.
Si una parte creciente de los vencimientos puede refinanciarse, disminuye la necesidad de destinar cada dólar disponible al pago inmediato de deuda. Eso mejora la capacidad de administrar reservas y reduce algunas restricciones financieras que afectan al conjunto de la economía. El cepo se ha flexibilizado, pero todavía subsisten restricciones vinculadas a la escasez de divisas.
Una mayor disponibilidad de divisas mejora la previsibilidad para las empresas extranjeras respecto de la posibilidad de girar utilidades al exterior. Esto es un factor clave para atraer inversiones. Ninguna empresa quiere invertir en un país del que luego no puede disponer libremente de sus ganancias.
Una baja del riesgo país reduce el costo al que las empresas argentinas pueden financiarse en el exterior. Como el riesgo soberano funciona como referencia para el sector privado, cuando baja el costo de financiamiento del Estado también suelen mejorar las condiciones para las empresas. Eso facilita inversiones, como la compra de insumos, maquinaria, la incorporación de tecnología y proyectos de expansión.
Una baja sostenida del riesgo país puede terminar impactando en el crédito local. Cuando el país logra endeudarse a tasas más bajas en el exterior, eso contribuye a reducir el costo del dinero en la economía en general y ayuda a que bajen las tasas de referencia. A través de ese mecanismo, empresas y personas pueden acceder gradualmente a crédito más barato para invertir, producir o consumir.
Sin embargo, el riesgo país no es un factor que determina las tasas de interés en Argentina. Influyen la inflación, la política monetaria, la profundidad del sistema financiero y las expectativas económicas. Una baja del riesgo soberano ayuda a crear mejores condiciones, pero por sí sola no alcanza para resolver los problemas estructurales del sistema financiero argentino.
Por otra parte, muchos fondos internacionales tienen restricciones para invertir en países con calificaciones crediticias muy bajas. A medida que Argentina mejora su perfil financiero, parte de esos capitales vuelve a considerar al país dentro de sus posibilidades de inversión.
Posibilita también que la Argentina financie inversiones estratégicas para el desarrollo del país en mercados internacionales, y no solamente cubrir vencimientos de deuda, que es lo que ocurrió durante gran parte de nuestra historia reciente.
Ahora bien, nada de esto implica que endeudarse sea bueno por definición. Volver a los mercados internacionales no es un objetivo en sí mismo. El acceso al crédito es una herramienta, no una garantía de desarrollo. La historia argentina muestra ejemplos de períodos en los que el financiamiento externo ayudó a impulsar inversiones y otros en los que terminó generando vulnerabilidades que desembocaron en crisis.
Por otra parte, el pago de los vencimientos de deuda no deja de ser gasto público. En la medida en que ese gasto se reduce —porque una parte creciente de los vencimientos se puede refinanciar— pueden liberarse recursos para otras áreas como infraestructura, educación u otras prioridades estratégicas. La diferencia no está solamente en si salimos a los mercados, sino en para qué se utiliza ese financiamiento y si la economía genera capacidad futura para repagar esas obligaciones.
Sin triunfalismos
Una baja del riesgo país nunca ocurre en el vacío. En este caso, refleja que algunas variables relevantes de la macroeconomía argentina han mejorado y que los mercados internacionales lo están reconociendo: el equilibrio fiscal, la baja de la inflación, la menor emisión monetaria y una mayor previsibilidad macroeconómica.
Pero el riesgo país no mide si los salarios alcanzan para llegar a fin de mes. No mide si hay más empleo. No mide si los jóvenes encuentran oportunidades. No mide si disminuye la pobreza ni si mejora la calidad de vida de la población. Mide otra cosa: cuánto más caro le resulta a la Argentina acceder al crédito en los mercados internacionales.
El riesgo país es un termómetro, no una cura. Los desafíos de fondo siguen siendo los mismos: crecer, generar empleo, reducir la pobreza y construir una economía que ofrezca oportunidades para la mayoría de los argentinos. El número bajó. Ahora hay que ver para qué lo aprovechamos.
(*) Milagros Martínez Garbino - Economista - Especialista en finanzas personales