Por Luciano Peralta
Es hijo de Luis de Jesús Soria y la gualeguaychuense Catalina Gerónima Dominga Nóbile Dunn, “La negra”, por lo que, aunque nació y creció en el partido bonaerense de San Martín, siempre tuvo un gran arraigo con la ciudad.
“Tengo un vínculo profundo con Gualeguaychú, recuerdo mis vacaciones, mi infancia, mi tío Bachicha Nóbile, su esposa, mi tía, por suerte vive todavía. A mis primos Amadeo, Luis, Ramiro y Miriam. Tengo un vínculo muy fuerte con Gualeguaychú. Es un lugar que siento como propio”, expresó Luis Alberto Soria Nóbile, en diálogo con EL ARGENTINO.
Nacido en 1963 y con apenas 18 años fue incorporado al servicio militar en el Ejército General San Martín. “A los soldados colimbas nos hacían llenar una ficha con tus conocimientos, para después asignarte un destino y, obviamente, uno pone todo lo que le puede permitir vivir y estar mejor en una circunstancia como hacer el servicio militar. Yo anoté en mi ficha que hablaba y leía el idioma inglés”, recordó.
Después de dar algunos exámenes y ya con la guerra en transcurso, el 15 de mayo de 1982 le informaron que iba a incorporarse al conflicto como traductor. Y al otro día partió, junto al sargento primero Néstor Iazzurlo y al soldado Claudio Debock, para incorporarse a la Compañía de Operaciones Electrónicas 602, la llamada Opelec, en Como-doro Rivadavia.
“Era la única subunidad del Ejército Argentino durante la guerra de las Malvinas que tenía capacidad, equipamiento, tecnología y condiciones, tanto técnicas como humanas, para efectuar operaciones de guerra electrónica. ¿Cómo podríamos definir la guerra electrónica? Es un conjunto de operaciones que incluyen rastreo, detección, escucha, ubicación de emisiones del enemigo”, explicó. Al tiempo que recordó que esa compañía dependía del Quinto Cuerpo de Ejército.
mayo de 1982
“Es fácil entrar en la tentación de pensar que la guerra fue solamente en las Malvinas, pero no fue así. Nosotros aportamos el aspecto del conocimiento de idioma para poder saber qué era lo que se detectaba. Estábamos asistiendo a un suboficial, normalmente desde el puesto de comando que estaba en el colegio de Dean Fumes, en las afueras de Comodoro Rivadavia, en el kilómetro 3, o bien en unidades móviles de escucha que solían apostarse en cerros linderos vecinos”, contó. Y, sobre su trabajo, detalló: “Cuan-do detectábamos una emisión en inglés, le damos la indicación a un suboficial de parar en esa frecuencia y transcribir absolutamente todo lo que escuchábamos. Paralelamente el suboficial daba la posición exacta de la coordenada de emisión, que generalmente pertenecía a buques pertenecientes a la Fuerza de Tareas Británicas”.
“Este trabajo ha sido de utilidad para guiar los ataques aéreos, por lo que consideramos que hemos aportado nuestro granito de arena al conflicto, hemos participado con lo que se nos pidió. Además, quiero destacar que la Opelec estaba integrada por cuadros de oficiales, suboficiales y soldados perfectamente entrenados, que disponían de equipos de última generación, incorporados en el año 1980”, remarcó Soria Nóbile.
“Los que estuvimos desplegados en zona del continente cumplimos funciones efectivas de entrada en combate. Era la única subunidad del Ejército Argentino que tenía condiciones de desarrollar operaciones de guerra electrónica, formábamos parte del mismo ejército bajo el mismo mando militar y sujeto a las mismas consecuencias. Más allá de que hayamos estado o no hayamos estado en nuestras Islas Malvinas, fuimos parte de la guerra y así nos sentimos”, expuso.
La carta
“Hace poco, buceando entre antiguos papeles, encontré un sobre de correspondencia que recibí en ese momento. Eran cartas, tanto de familiares o amigos, que me la diri-gían nominalmente a mí. Nosotros teníamos acceso a un montón de correspondencia dirigida a ‘un soldado argentino en Malvinas’ o a ‘un soldado argentino en el sur’. No-sotros teníamos acceso a esa correspondencia”, contó.
Gualeguaychú
“Es así que volví a encontrar una carta enviada por la señora María del Carmen Bergallo de Rivero, oriunda de Gualeguaychú. Carta que yo me quedé, porque era de Gualeguaychú, y es una carta que me ayudó mucho en aquellos tiempos; una carta muy cálida, muy sentida. Entiendo que la señora había sido mamá recientemente, en aquel tiempo. Me mandó sentidas palabras de aliento, de orgullo por lo que estábamos ha-ciendo nosotros y siempre tuve la idea en mente de, algún día, poder agradecerle ese gesto, porque, sinceramente, fue un gran apoyo para mí”, reconoció, notablemente emocionado.
“Yo guardaba en mi pantalón de soldado una carta de mis padres, una de mi hermana y esta carta, siempre la llevaba y la usaba para infundirme ánimo en los malos momentos, los momentos donde te caes”, dijo. Y agregó: “Pasaron muchos años, 43 años, no sé si la señora está, no sé si los hijos a los que nombra están… el hijo, el sobrino, no sé si están, pero tengo el interés de darles un abrazo y decirles sencillamente gracias, por-que cuando pasa tanto tiempo uno a veces quiere olvidar, pero hay cosas que no te las vas a olvidar nunca: tener 18 años e intervenir en una guerra no es para cualquiera. Tenemos, la mayoría de mis camaradas, el orgullo de haber dado lo mejor, lo que pudimos, de haber cumplido nuestro deber de amor a la patria”.
“Por supuesto, el reconocimiento eterno a los 649 héroes que quedaron en este conflicto, de los cuales 17 fallecieron en territorio continental, lo cual demuestra que la guerra no solamente se peleó en Malvinas”, remarcó el entrevistado. Y cerró: “Malvinas es una especie de espada que nos parte la vida por la mitad, en el primer tercio de nuestra vida, mejor dicho, dándonos un montón de lecciones y enseñanzas. Por un lado, la satisfacción de haber podido volver y, por otro, los compañeros y camaradas que no pudieron hacerlo, que se quedaron allá para siempre. Todas las experiencias que hemos vivido no se pueden, no se van y no queremos que se olviden”.