Por Sandra Insaurralde
El consumo de carne vacuna en Argentina atraviesa su peor momento en dos décadas. Según datos oficiales, el promedio per cápita cayó por debajo de los 50 kilos anuales, cuando históricamente supera los 70. La retracción no es aislada: responde a un contexto de inflación persistente, salarios deteriorados y precios internacionales en alza.
De acuerdo con un informe de la Cámara de la Industria y Comercio de Carnes y Derivados de la República Argentina (Ciccra), durante los últimos 12 meses, de febrero del 2025 a febrero del 2026, el consumo per cápita fue equivalente a 47,3 kilos por año, lo que significó una reducción de alrededor de 1,2 kilos por habitante por año y una baja interanual del 2,5 por ciento.
El número refleja el registro más bajo en dos décadas y profundiza una tendencia descendente que se mantuvo desde el pico de 69,4 kilos, alcanzado en 2008. Este nivel históricamente bajo responde a múltiples factores económicos y productivos, tales como una mayor demanda externa, una menor cantidad de animales que llegan a faena y el arrastre de la sequía de 2022.
Caída del consumo
En este marco, EL ARGENTINO relevó algunas carnicerías de la ciudad para conocer cada realidad. Gustavo, dueño de Carnicería Rivadavia, en el centro de Gualeguaychú, afirmó: “Nunca había visto una caída tan grande en las ventas. Los clientes bajaron alrededor de un 50%. Antes, cuando venían los uruguayos, la diferencia no se notaba tanto, pero ahora que dejaron de venir la falta de gente es total y se nota”.
“En 2005 teníamos siete empleados, hoy somos dos. Un kilo de pulpa cuesta unos 20.000 pesos y hasta los cortes baratos dejaron de moverse. El asado familiar prácticamente desapareció”, enfatizó el comerciante. Y agregó: “Por la tarde, por ejemplo, puedo estar cuatro horas y entran tres clientes y eso que estoy en pleno centro”.
Por otro lado, en la carnicería Don Beto, ubicada en la zona del Cementerio Norte, Diego calculó que la caída ronda entre el 20% y el 25%. “Cada vez que la carne sube, la gente se asusta y merma el consumo. No creo que la carne sea extremadamente cara, lo que pasa es que la plata no alcanza. De todas maneras, febrero y marzo, por ejemplo, siempre fueron complicados por los gastos escolares: la familia tiene que elegir entre comer carne o comprar útiles”.
Hábitos de compras y consumos
Los hábitos cambiaron de manera visible. Diego explicó: “Antes los clientes se llevaban varios kilos de costilla y vacío, ahora optan por una tirita de asado, una pata muslo o un poco de cerdo para complementar”.
En tanto, Agustín, de Carnicería La Argentina, que se encuentra en la zona noroeste, reforzó la idea: “La carne vacuna aún se vende, pero no en gran cantidad, la gente prefiere cerdo y pollo porque son más accesibles. La carne de vaca quedó reservada para el fin de semana, como un gusto especial, el típico asadito de los domingos”.
“Hoy la gente compra en cantidades mínimas: dos churrascos, medio kilo de picada. El asado, símbolo de reunión familiar, se convirtió en un lujo. Hacer un asado cuesta entre 50.000 y 60.000 pesos, la única forma es juntarse varios y poner plata entre todos”, coincidió Gustavo.
“Cara para el bolsillo argentino”
Martín Rapetti, miembro de la Sociedad Rural Gualeguaychú y dirigente histórico de Confederaciones Rurales Argentinas, aportó una visión institucional: “La situación de la carne es compleja. Tras cuatro años de intensa sequía, perdimos un montón de cabezas y por primera vez estamos debajo de los 50 millones. Hoy el ternero y el novillo tienen valores nunca vistos en nuestro país y lo mismo ocurre en Uruguay, Paraguay, Brasil, Bolivia, Estados Unidos y Australia. Cuando algo falta, vale”.
Sobre el consumo, el dirigente describió: “Estamos muy acostumbrados a comer muchísimos kilos de carne; en la actualidad, a pesar de la baja del consumo, seguimos ingiriendo 115 kilos de proteína animal sumando vacuna, cerdo y pollo. Según la Organización Mundial de la Salud, más de 90 kilos por persona es un exceso”.
“Nuestra carne sigue siendo más barata que en países vecinos, pero para el bolsillo argentino resulta cara. Un kilo de carne puede costar lo mismo que una pizza o un kilo de helado, pero producirlo lleva no menos de cuatro años: nueve meses de preñez, ocho de recría, más de dos años de engorde. Son costos de sanidad, impuestos y fletes. El criador y productor no alcanzan a recomponer su bolsillo”, explicó Rapetti, quien, además, es vicepresidente de la Federación de Asociaciones Rurales del Mercosur (FARM).
Por último, respecto a los cortes señaló: “El asado y la milanesa son los más consumidos, porque la milanesa permite disimular durezas y aprovechar carnes de animales mayores. Durante mucho tiempo nos acostumbramos a comer animales muy jóvenes, pero deberíamos consumir novillos más pesados. Yo he vendido novillos de cuatro y cinco años: la terneza se la da el frío y el sabor es superior”.
Consecuencias y mirada al futuro
Los carniceros advirtieron que el negocio se achica cada vez más. En este sentido, Diego indicó: “si el consumo sigue cayendo, sostener la carnicería va a ser complicado. Por suerte, nosotros ya tenemos trayectoria y somos una empresa familiar, pero hay carnicerías de barrio que no van a resistir”.
Gustavo, en cambio, fue más crudo: “No estoy fundido, pero la situación es crítica. Los impuestos, la falta de abastecimiento y la caída en las ventas me obligan a mudarme para pagar menos de luz y menos alquiler. La situación es insostenible, en mi caso no sé hacer otras cosas. Esperemos que mejore, porque esto es lo mío y quiero defenderlo. Ya es un oficio de familia y aunque a veces pienso en vender empanadas o dedicarme a cocinar lo que realmente quiero es sostener la carnicería. Es lo que sé hacer y lo que me identifica”.
Agustín, recién iniciado en el mercado, resumió su estrategia: “Para atraer clientes hago ofertas y bajo precios, porque no conviene acumular mercadería. Es preferible vender a más o menos el costo y que no me quede en la heladera”.
Por su parte, Rapetti proyectó: “Si no mejora el poder adquisitivo, el consumo interno difícilmente se recupere. Los precios no bajarán porque la demanda externa es muy fuerte. Una cuota Hilton estaba en 15 mil dólares, subió a 20 y hoy ronda los 19 mil. Los cortes para China pasaron de 4 mil a 6 mil dólares; Israel y otros destinos también pagan caro. La guerra y el encarecimiento global complican, pero el panorama para las carnes es de tres años de firme demanda”.
Finalmente, el dirigente rural criticó las políticas de “anti producción”. En esta línea, dijo: “Brasil hace 40 años tenía el mismo stock que Argentina. Hoy ellos superan los 200 millones de cabezas y nosotros seguimos en 50 millones, igual que cuando éramos 20 millones de habitantes. Algo se hizo mal. Hay que estimular la producción, bajar impuestos, sacar retenciones. Tenemos todas las condiciones para abastecer el mercado interno y exportar, pero necesitamos políticas que lo permitan. Uruguay tiene en un año la inflación que nosotros sufrimos en un mes; Paraguay, Brasil, Chile, Bolivia están estabilizados. Perú, con gobiernos cambiantes, mantiene una inflación baja. Nosotros somos los anormales. Esperemos que esto se solucione: tenemos todo para producir como corresponde”.
Las voces de los carniceros y la mirada de Rapetti convergen en un mismo diagnóstico: la carne vacuna sigue siendo irreemplazable, pero el bolsillo argentino impone límites cada vez más duros. El futuro dependerá de la recuperación del poder adquisitivo y de políticas que incentiven la producción. Mientras tanto, el asado, símbolo de identidad nacional, se convirtió casi en un lujo que muchos ya no se pueden dar.