Gualeguaychú

1911: El año en que el mundo giró y nacimos para contarlo

Mientras Gualeguaychú respiraba los aires de una Belle Époque criolla, sus calles vieron nacer el 6 de febrero a EL ARGENTINO.

Viernes, 6 de Febrero de 2026, 9:07

Redacción EL ARGENTINO

Aquel mismo año, el siglo XX estalló en su complejidad definitiva: una mujer votó por primera vez en América, un imperio milenario caía en China, Marie Curie ganaba su segundo Nobel y Europa, engañosa, bailaba sobre la Paz Armada. Este diario no solo nació en la historia, sino para ser testigo de su más vertiginosa transformación.

 

Cuando el 6 de febrero de 1911 salió a la calle el primer número de EL ARGENTINO, Gualeguaychú era una ciudad que vibraba con el progreso de la Belle Époque criolla. Las calles de tierra convivían con los primeros automóviles, el puerto hervía de actividad y la gente se juntaba cada tarde para conversar sobre política, comercio y las noticias que llegaban por telégrafo desde Buenos Aires. Era un momento bisagra.

 

El país que vio nacer este diario todavía estaba inmerso en los festejos del Centenario. Buenos Aires se creía la París de Sudamérica, y algo de razón tenía: sus teatros rivalizaban con los europeos, sus avenidas se ensanchaban y la inmigración seguía transformando cada rincón del territorio. Pero bajo ese barniz de prosperidad, la Argentina enfrentaba tensiones que pronto estallarían.

 

El presidente Roque Sáenz Peña, elegido el año anterior, impulsaba la reforma electoral que llevaría su nombre. Voto secreto, obligatorio y universal para los varones mayores de 18 años. La oligarquía conservadora veía con recelo esta apertura democrática, mientras los radicales de Hipólito Yrigoyen esperaban su momento.

 

La economía galopaba al ritmo de las exportaciones de granos y carnes. Argentina era el granero del mundo y cada cosecha récord confirmaba ese título. Sin embargo, las huelgas obreras sacudían los puertos y frigoríficos. El movimiento anarquista y socialista ganaba fuerza entre los trabajadores, muchos de ellos inmigrantes que habían cruzado el Atlántico buscando el sueño americano y encontraban jornadas extenuantes en talleres y estancias.

 

El primer día del año, una aeronave más pesada que el aire volvió a sobrevolar Buenos Aires, confirmando que la aviación ya no era una rareza. Y el 26 de noviembre ocurrió algo inédito. La doctora Julieta Lanteri se convirtió en la primera mujer en votar en Argentina. Lo hizo en el atrio de la Parroquia San Juan Evangelista de La Boca, tras lograr ser incorporada al padrón electoral nacional. El presidente de mesa, el historiador Adolfo Saldías, la saludó congratulándose por ser el firmante del primer sufragio femenino en Sudamérica. El voto femenino universal llegaría recién en 1947.

 

En el plano internacional, Argentina gozaba de prestigio internacional y comenzaba a perfilarse, junto a Brasil y Chile, como actor diplomático de peso en la región.

En Gualeguaychú, como en tantas ciudades del interior, la vida transcurría entre la tradición y la modernidad. El comercio fluvial mantenía su importancia y las familias patricias alternaban con los recién llegados italianos, españoles y de otras nacionalidades que poblaban la ciudad.

 

El mundo bailaba sobre un polvorín sin saberlo. Europa vivía la Paz Armada, ese engañoso período de esplendor y tensión que precedió a la catástrofe de 1914. Las grandes potencias acumulaban armamentos, tejían alianzas secretas y competían por colonias en África y Asia.

 

En China, una revolución milenaria estaba en marcha. El 10 de octubre -el doble diez que los chinos recordarían para siempre- estalló el levantamiento de Wuchang que derrocó a la dinastía Qing, la última imperial. Dos mil años de emperadores llegaban a su fin. Sun Yat-sen regresaba del exilio para liderar la nueva República, y el pequeño emperador Puyi -un niño de apenas seis años- veía desmoronarse un imperio que parecía eterno.

 

En México, la Revolución que había comenzado en 1910 se intensificaba. Francisco Madero entraba triunfante a Ciudad de México en junio, después de que Porfirio Díaz, quien había gobernado con mano de hierro durante más de treinta años, partiera al exilio. "Sufragio efectivo, no reelección", proclamaba Madero.

 

Italia se lanzó a la conquista de Libia, desatando una guerra colonial contra el Imperio Otomano. Los biplanos italianos arrojaron las primeras bombas desde el aire en la historia militar. Era un anticipo de lo que vendría.

 

Las convulsiones políticas no fueron lo único. 1911 también trajo otras revoluciones.

 

En París, el 21 de agosto, un carpintero italiano llamado Vincenzo Peruggia robó la Mona Lisa del Louvre. El cuadro pasó dos años desaparecido y la noticia recorrió el mundo generando una fascinación sin precedentes.

 

Marie Curie recibió su segundo Premio Nobel, esta vez en Química, convirtiéndose en la primera persona en ganar dos de estos galardones. Su trabajo sobre el radio y el polonio revolucionaba la ciencia, aunque pocos sospechaban entonces los usos -beneficiosos y terribles- que se le darían a la radiactividad.

 

En música, Gustav Mahler moría en Viena dejando incompleta su Décima Sinfonía, mientras en Rusia, Igor Stravinsky estrenaba “Petrushka”, anticipando la revolución musical que vendría con “La consagración de la primavera”.

 

El cine daba sus primeros pasos firmes. En Hollywood, todavía un poblado de naranjos, se instalaban los primeros estudios. Las imágenes en movimiento serían el arte del siglo que comenzaba.

 

Pilotos europeos batían récords y empujaban los límites de la aviación: se organizaban competencias, se batían récords.

 

En Indianápolis se corrió la primera edición de las 500 Millas, una carrera que se convertiría en legendaria. Los automóviles ya no eran juguetes de ricos sino símbolos de una época que veneraba la velocidad, la máquina, el progreso sin límites.

 

Cuando EL ARGENTINO comenzó a publicarse, asumía una misión esencial: ser testigo y cronista de su tiempo. En una época sin radio ni televisión como medios masivos, el diario era el cordón umbilical que unía a Gualeguaychú con el país y el mundo.

 

La imprenta empezó a funcionar en un momento particular. China y México se reinventaban, Argentina transitaba hacia la democracia y una mujer votaba por primera vez, la ciencia y el arte exploraban nuevos horizontes.

 

Nadie sabía entonces que aquella paz europea terminaría en las trincheras de 1914 y el primer conflicto bélico global, que las revoluciones mexicana y china escribirían sus páginas más sangrientas, que la Argentina democrática tardaría décadas en consolidarse.

 

Pero el periodismo existe para eso: para registrar el presente sin conocer el futuro, para contar la historia mientras se escribe, para mantener viva la memoria de los días que van forjando el destino de los pueblos. Ciento quince años después, ese compromiso sigue vivo. Porque, como en 1911, nuestro oficio sigue siendo iluminar con palabras el siempre incierto, y siempre fascinante, devenir de los tiempos.

 

Por Ángeles Barcia

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